El estacionamiento del centro comercial estaba casi vacío, envuelto en una brisa suave y el sonido distante de bocinas. Las luces fluorescentes de los postes proyectaban sombras largas sobre el asfalto, y allí estaban ellos, Helen y Ethan, tomados de la mano, aún con el rostro sonrojado y riendo como si hubieran cometido el mayor delito romántico del siglo.
—Todavía no puedo creer que el acomodador nos haya sorprendido —dijo ella, escondiendo el rostro en el brazo de él.
—Pequeña quejona, reláj