La noche cayó sobre la ciudad, pero la mente de Helen estaba muy lejos de allí. Intentó concentrarse en el trabajo, intentó ignorar las provocaciones de Zoe, intentó incluso no pensar en lo que un viaje a solas con Ethan podría significar.
Pero fue inútil. Porque, por más que intentara huir, su corazón insistía en llevarla siempre de vuelta a la misma pregunta.
Ethan. Moscú. Una habitación de hotel.
Se removió inquieta en la silla, echó la cabeza hacia atrás y soltó un largo suspiro.
—Genial, Helen. Ahora te convertiste en una adolescente ansiosa por un viaje con el chico que te gusta.
Dicho así, hasta parecía simple, pero no lo era. Porque Ethan no era cualquier hombre. Era su marido, aunque solo lo fuera en el papel. ¿Y qué pasaría si esa línea invisible entre los dos comenzaba a desdibujarse? ¿Si el juego cambiaba por completo?
Helen negó con la cabeza de inmediato y se dijo a sí misma:
—¡No!
No podía ilusionarse. Pero cuando su celular vibró sobre el escritorio, su corazón dio un