El restaurante tenía ese aroma acogedor de comida hecha con cariño. Mesas de madera oscura, manteles rojos a cuadros y luces ámbar colgando de lámparas rústicas. Helen y Ethan estaban sentados cerca de la ventana, con las manos entrelazadas sobre la mesa, ambos sonriendo como si el mundo se hubiera detenido solo para ellos.
Ethan estaba inquieto… inquieto de felicidad.
—¿Viste su carita, Helen? —decía por quinta vez, con los ojos brillando—. Bueno… tal vez sea niña, pero aun así, ese puntito la