La noche estaba tibia, mecida por una brisa suave que danzaba por las calles de la ciudad. Ethan y Helen salieron de la casa de Zoe con los corazones encendidos y los cuerpos queriendo más. La cena, las provocaciones, las risas… todo era parte de un juego que solo ellos sabían jugar.
Al entrar al coche, bastó una mirada.
Ethan encendió el motor, pero sus ojos no se apartaron de los de ella.
—¿Te divertiste hoy? —preguntó con media sonrisa.
—Mucho. Pero confieso… extrañé el sofá de nuestra sala.