Se suponía que sería un almuerzo tranquilo. Helen y Tânia habían decidido hacer una pequeña pausa para comer en un restaurante elegante cerca de la empresa. Helen intentaba concentrarse en sí misma, en el placer de un buen plato, en la conversación ligera y divertida con su amiga. Era un esfuerzo consciente por continuar con su plan de reconstruirse y fortalecerse.
—¿Entonces, lograste resolver aquel contrato que parecía imposible? —preguntó Tânia, entusiasmada.
—¡Sí! Y con creces —sonrió Helen, con una sonrisa genuina y poco frecuente—. Siento que me estoy reencontrando, Tânia. De verdad.
—¡Eso es lo que me gusta escuchar! —dijo Tânia, alzando su copa de jugo a modo de celebración—. ¡Por el renacimiento de Helen Carter!
Brindaron y rieron. Por un instante, Helen se permitió creer que las cosas podían mejorar. Que quizá podría encontrar felicidad en la vida que había elegido. Pero el destino rara vez era tan amable.
—Vaya, vaya… ¿y qué tenemos aquí?
La voz cayó como un latigazo, carga