Los días pasaron lentamente, y la rutina de Helen se convirtió en un ejercicio constante de superación personal. No permitía que la indiferencia de Ethan la quebrara, al menos no en público. Sus sonrisas en la empresa eran impecables, su postura firme, sus ojos atentos a cada detalle del trabajo que realizaba con absoluta perfección.
Tânia seguía siendo su puerto seguro. Y fue una noche, mientras trabajaban hasta tarde, que Helen, agotada, decidió desahogarse una vez más.
—Estoy cansada, Tânia —dijo, dejando la pluma sobre el escritorio y presionando las sienes—. Cansada de luchar contra algo que quizá ni siquiera existe.
Tânia la observó con preocupación.
—¿Qué quieres decir?
—Me esfuerzo tanto para que él me note… para que vea quién soy, cuánto lo amo. Pero parece que cuanto más lo intento, más se aleja. Es como intentar retener agua entre las manos.
—Tal vez sea porque estás intentando de la manera equivocada —sugirió Tânia, con los ojos llenos de empatía—. Tal vez necesitas dejar