Los días pasaron lentamente, y la rutina de Helen se convirtió en un ejercicio constante de superación personal. No permitía que la indiferencia de Ethan la quebrara, al menos no en público. Sus sonrisas en la empresa eran impecables, su postura firme, sus ojos atentos a cada detalle del trabajo que realizaba con absoluta perfección.
Tânia seguía siendo su puerto seguro. Y fue una noche, mientras trabajaban hasta tarde, que Helen, agotada, decidió desahogarse una vez más.
—Estoy cansada, Tânia