La luz del sol entraba a raudales por los ventanales del edificio de Aristizábal y Asociados, iluminando el mármol del vestíbulo que había visto días mejores. El polvo bailaba en los rayos de luz, suspendido en el aire como un recordatorio de todo lo que había quedado en suspenso, de todo lo que aún estaba por reconstruir. Los pasillos, antes llenos de vida y movimiento, ahora tenían un eco vacío, como si las paredes mismas estuvieran esperando que algo volviera a latir en su interior.
Luisa ca