Los días posteriores al funeral de Orlando habían transcurrido como una niebla espesa, sin forma ni color, sin principio ni fin. Luisa se movía por la mansión como una sombra, con los pies descalzos hundiéndose en la alfombra, los brazos caídos a los costados, la mirada perdida en algún punto del horizonte que solo ella podía ver. La casa, que antes había sido un refugio, ahora se sentía como una jaula de recuerdos. Cada rincón le recordaba a su padre. Cada objeto, cada fotografía en la pared,