La noche había caído sobre la casa de Sandra como una losa de plomo, pesada y silenciosa, como si el cielo mismo hubiera decidido cerrar los ojos para no ver lo que estaba a punto de suceder. Las ventanas, que antes se abrían al jardín para dejar entrar la brisa y la luz, ahora estaban cerradas con llave, las cortinas corridas como párpados que se niegan a mirar la verdad. Afuera, el viento soplaba con fuerza, moviendo las ramas de los árboles, haciendo crujir las ventanas antiguas, como si la