El auto de Luisa se detuvo frente a la entrada de la mansión con un chirrido suave que rompió el silencio de la noche. Las luces del jardín iluminaban el camino de piedras, creando sombras alargadas que se movían con el viento. Pero ella no las veía. Sus ojos estaban fijos en el volante, las manos aún aferradas a él, los nudillos blancos, los dedos rígidos como si no pudieran soltarse. Había manejado en silencio durante todo el trayecto desde la clínica, con la mente en blanco, con el eco de la