38.
Alejandro Marca. El nombre no me sonaba para nada.
El hombre seguía estirando su mano hacia mí, pero yo lo miré entrecerrando los ojos. No podía darle la mano. seguía atada y amordazada.
— Por favor, quiero que suelten a nuestra invitada... Evangeline, la bella Evangeline.
Sus hombres tardaron unos minutos en soltar las cuerdas que me habían puesto en el cuerpo. Cuando al fin lo hicieron, los nudos me habían lastimado profundamente, dejando fuertes moretones. Me acaricié las muñecas mientras