35.
La mano helada de Esmeralda se forzó sobre la mía. siempre usó su fuerza pero yo ya no quería que su presencia se agarrara, se cerniera sobre mí. Asqueada, volteé a mirar hacia Nicolás, viendo cómo sus mejillas se habían enrojecido a pesar del tono canela de su piel.
— Suéltala, mamá — le dijo con un tono calamado pero amenazante.
Y la mujer, entonces, nos miró. Cuando su mano se alejó de mí, tuve que aguantar el impulso de limpiarme, como si definitivamente me hubiera dejado impregnada de su