128.
Nos sentamos todos en la sala. Sinceramente, me sentía extraña, un tanto incómoda por la aparición tan repentina de Esmeralda. La mujer aún tenía el sobre en las manos y se veía confundida, como si ni siquiera ella misma fuese capaz de entender qué era lo que estaba haciendo y por qué. Al final, después de un largo silencio, murmuró:
— ¿Entonces van a quedarse ahí sin decir nada? — preguntó.
— ¿Qué se supone que tengamos que decirte? — le dije yo, sentada frente a ella en el mueble — . ¿Es lo