La noche era oscura y fría.
Ana caminó sin rumbo por la carretera, con el bolso apretado contra el pecho y las lágrimas secándose en sus mejillas. Las luces de la mansión Gravenhorst quedaron atrás, cada vez más pequeñas, hasta desaparecer por completo cuando dobló la primera curva.
El viento soplaba fuerte, calándole los huesos a pesar de la chaqueta de cuero que llevaba sobre los hombros. La chaqueta de Nicolás. Lo único que había tomado además de sus pocas pertenencias. Lo único que le recor