La mañana transcurrió con una calma tensa.
Cristóbal había pasado horas en su estudio, encerrado con papeles y llamadas, pero su mente no estaba en los negocios. Estaba en ella. En los labios marcados en su piel. En la forma en que lo había mirado esa mañana. En la sonrisa cómplice que no lograba descifrar.
Cuando salió del estudio, ya era casi mediodía. Ana estaba en la sala, leyendo una revista junto a la ventana. La luz del sol la bañaba de oro, haciéndola parecer irreal.
Él se acercó con pa