Elena llegó puntual.
El coche negro se detuvo frente a aquel edificio olvidado por el tiempo, pero no por la memoria. La fachada del bar, con ladrillos descascarados y luces tenues, le golpeó el pecho con un eco lejano. Allí todo había comenzado.
Apagó el motor, respiró hondo, sabía lo que estaba a punto de hacer.
Se bajó del auto con paso firme, con los tacones marcando autoridad en cada zancada. Su vestido negro de seda delineaba su figura con una elegancia feroz. El escote era apenas un