Elena no hizo maleta, no gritó, no pidió explicaciones.
Simplemente despertó esa mañana, se vistió, tomó su bolso y dejó la casa que por un tiempo creyó un refugio. Su apartamento seguía esperándola, intacto, en un rincón olvidado de la ciudad. Había vuelto a ese espacio tantas veces en su mente que, al cruzar la puerta, no sintió que regresaba, sintió que escapaba.
Encendió las luces, ventiló las cortinas, se preparó un café amargo, fuerte, como sus pensamientos. Luego se sentó frente a su esc