Ni siquiera tuve tiempo de comprender el dolor desgarrador que atravesó mi pecho.
Antes de entender por qué el nombre de Aldric había irrumpido con tanta violencia en mi corazón, lo sentí.
Su presencia.
Y no era precisamente sutil.
La noche, que hasta entonces había sido fresca y casi apacible bajo la luz de la luna, se volvió pesada.
El puente pareció encogerse.
El viento dejó de soplar, como si incluso él estuviera esperando.
Los brazos de Seraphiel seguían rodeándome.
Mis dedos continuaban a