Esa noche no firmé mi nombre.
Regresé a mi habitación y me senté al borde de la cama, mirando fijamente el pergamino en blanco destinado al registro de Defensa Contra Hombres Lobo.
La tinta ya se había secado en el tintero. Tenía las manos frías.
Las últimas palabras de Seraphiel no dejaban de resonar en mi mente.
Una posibilidad que expiró.
Expiró.
Como si lo que habíamos tenido hubiera sido algo frágil y perecedero. Como si lo hubiera dejado pudrirse entre mis manos... y, en realidad, eso era