Antes de que pudiera protestar o decir otra palabra, aunque pensándolo bien, jamás me habría atrevido a hacerlo, después de todo era su propiedad personal, otra voz atravesó el pasillo, suave y burlona.—Aldric, querido hermano… llegaste temprano a casa.Lucas.Mi estómago se convirtió en hielo.Apareció apoyado contra el marco de la puerta, con una sonrisa amplia y los ojos dorados brillando como si estuviera viendo la escena inicial de su drama favorito.Su mirada se deslizó hacia mí: cabello mojado, la camisa de Aldric colgando de un hombro, botones desabrochados, temblando.Sus cejas se alzaron.—Vaya —ronroneó—. Qué lindo pequeño intruso tenemos aquí.—Lárgate —dijo Aldric sin mirarlo.Lucas soltó una carcajada.—Oh, no, no. Si por fin recogiste una mascota, necesito verla.Aldric levantó la cabeza y le dirigió una mirada.Una sola mirada.Silenciosa.Letal.Lucas se calló tan rápido que resultó casi cómico.Pero su sonrisa regresó un segundo después.—Bien. Pero padre te quiere
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