La puerta de la habitación de Aldric se cerró con un suave clic.
El sonido resonó en el silencio.
Yo seguía sentado al borde de su cama, con el tenue sabor metálico de la sangre aún en el fondo de la garganta. Aldric permanecía frente a mí, observándome.
No estaba mirando mis heridas.
Estaba mirando mis labios.
Sus ojos eran oscuros, y sentí cómo mi piel ardía bajo aquella mirada.
—Lo besaste.
Aldric no estaba haciendo una pregunta.
La acusación en su voz hizo que el estómago se me revolviera.