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Capítulo 2: Hombre de negocios

Manhattan, New York

Alexander se sirvió un trago más de su coñac y caminó hacia su escritorio, desató ligeramente el nudo de su corbata y se sentó a esperar, había mandado a sus hombres más confiables para negociar con una familia pueblerina de Darrington.

Los habían contratado para construir una hidroeléctrica en el lugar, y el primer paso era convencer a los pueblerinos para que le vendieran a la constructora sus tierras a un precio accesible, sin embargo, la mayor parte de las hectáreas cercanas al río donde se realizaría el proyecto eran de la familia Jones, los había investigado; una pareja de ancianos con cuatro hijos, tres mujeres y un hombre, las tierras fueron heredadas por el ya difunto padre de Germán, quedando como dueño absoluto de cientos de hectáreas de terreno, era en realidad impresionante cuanto tenía esa familia, ¿Sabrían el verdadero valor de todo lo que poseían?

Sonrió ligeramente llevando el trago a su boca, ese era un negocio redondo en donde obtendrían grandes ganancias, esperaba de esta manera demostrarle a su padre que era el sucesor apropiado para ocupar el directivo de la constructora, ya que este no se cansaba de recordarle lo incompetente que era y que su empresa se iría a la ruina a su cargo, de cierta manera quería restregarle en la cara su éxito.

El intercomunicar sonó anunciando la llegada de sus trabajadores, los dejó pasar y pocos minutos después ambos hombres estaban entrando por la puerta, con su semblante derrotado. Alexander frunció el ceño ante lo que veía, sin que se lo dijeran, él ya sospechaba lo que había sucedido.

— Si vienen a decirme que no aceptaron la propuesta ni se molesten — ambos hombres abrieron los ojos como platos — vuelvan a ese lugar y tráiganme esos documentos firmados.

— Señor…

— ¿No he sido lo suficientemente claro? — apretó la mandíbula mirando de uno al otro.

— Disculpe — uno inclinó la cabeza — hicimos lo que estaba en nuestras manos, pero…

— ¿En sus manos? — inquirió en tono fuerte — yo no les pedí que hicieran tal cosa, par de inútiles — el miedo se apoderó de ambos hombres, lo más seguro es que perderían sus trabajos — ¡Les dije que me trajeran el contrario firmado así tuvieran que venderle el alma al diablo!

Alexander empezó a respirar con dificultad, no entendía como gente tan incompetente podía trabajar para él — el anciano se niega rotundamente, nos dejó muy en claro que no venderá — se atrevió a decir uno de ellos.

El joven jefe sonrió de lado, con evidente ironía. — ¿Así que me obligarán a hacer el trabajo que les quedó grande?

— Señor…

— ¡Lárguense! — gritó haciendo retumbar los vidrios de la lujosa oficina. — les tendré sus liquidaciones listas al final de la tarde.

Los dos hombres salieron de aquel lugar desempleados y derrotados, ese hombre era así sin corazón, había heredado el carácter de su padre, mortífero y cruel, nadie se equivocaba a su alrededor o ya se encontraba en la calle.

Y lamentablemente ellos lo habían hecho.

Alexander tomó su saco y salió de la oficina, su tarde se había arruinado y ahora tendría que encontrar la manera de arreglar ese desastre. Mientras más tiempo se tardara en firmar ese campesino, más se retrasaría el inicio del proyecto. Lo que se traducía a perdidas millonarias para la construcción.  — Cancele mis citas del resto de la tarde — le dijo a la secretaría que asintió con la cabeza.

Subió al ascensor y pronto se encontraba bajando de la gran estructura de concreto que era el edificio de su familia. La constructora Carpentier se había convertido en una empresa élite entre las más influyentes en la ciudad de Nueva York. Llegó a su camioneta y el chofer ya lo estaba esperando — llévame a casa de mi padre — subió y empezó a marcar a su abogado y amigo Raymond.

— Alex

— contestó el chico.

— Raymond necesito que me acompañes a un lugar. — demandó al instante.

Yo estoy bien y ¿Tu cómo estás? — dijo irónico.

— No estoy para tus jueguitos, hablo en serio.

Que gruñón — se burló — ¿Acaso Jeanne no te ha atendido bien?

— No seas idiota — refunfuñó — ¿Puedes portarte serio por lo menos una vez en tu vida?

¿Serio? ¿Qué es eso? — Alexander sonrió negando — dime que pasa.

— Debo viajar a Darrington.

¿A ese pueblucho? ¿Y para qué?

— Negocios Ray, debo comprar unas tierras.

¿Y porque no mandas a tus sirvientes? Tú nunca haces esos trabajos.

Porque son unos ineptos y los despedí. — su amigo se rio al otro lado de la línea.

Eres terrible — Alexander rodó los ojos con fastidio.

— ¿Y entonces irás conmigo?

¿Por qué yo? — se quejó.

— Porque se supone que eres mi puto abogado, si quieres contrato a otro y solucionado el asunto.

Oye, oye, calma tigre — Alexandre apretó los dientes, a veces su amigo lo hartaba. — está bien te acompañaré ¿Contento?

Mañana a las 7 am en el aeropuerto.

¡¿Por qué tan temprano?!

— Porque yo lo digo, Adiós.

Colgó el teléfono, durante el trayecto a casa de su padre miró por la ventana, todas las luces iluminaban la ciudad. Nueva York era todo un caos a esa hora, el Time Square era un espectáculo, él siempre fue un hombre de ciudad, jamás había pisado el campo, por lo que no quería imaginarse que tan desagradable sería ir a ese pueblo.

Llegó a casa de su padre y entró después de que el mayordomo abriera la puerta — Joven Carpentier — inclino su cabeza.

— Armando — le contestó — ¿Dónde está mi padre?

— Lamentablemente acabó de salir — hizo una ligera mueca de disculpa. — pero su madre está en el jardín, su prometida ha venido a visitarla.

— ¿Jeanne está aquí? — inquirió arqueando las cejas, el hombre asintió — gracias.

Camino al jardín trasero y visualizó a su madre conversando con su prometida. Alexander había conocido a Jeanne desde niño, ambas familias eran muy cercanas, y mantenían ciertos negocios en compañía, así que desde pequeños ya sabían que ambos serían pareja y se convertirían en esposos algún día. Solo faltaban cuatro meses para su boda, y él había aprendido a tenerle cariño, no la amaba, pero esperaba que en el proceso llegara hacerlo, igual no podía hacer otra cosa ¿Verdad? Su destino ya estaba escrito.

— Amor — Jeanne se percató de su presencia.

— Hola hermosa — se acercó y la besó en los labios, un beso casto, como era costumbre en ellos. — mamá — inclinó su cabeza con respeto.

— Querido no me avisaste que venías. — su madre se acercó para darle un beso en la mejilla.

— Disculpa madre, lo decidí a última hora.

— Te quedarás a cenar ¿Verdad?

— Por supuesto — sonrió — debo viajar mañana. — le informó.

— ¿Por qué?

— Por el negocio de la hidroeléctrica — los tres entraron a la casa — el dueño rechazó nuestra oferta.

Su madre se vio sorprendida — pero si era una gran suma de dinero.

Él alzó los hombros con fastidio. — parece que tiene motivos muy fuertes para no vender.

— ¿Piensas que yendo personalmente lo convencerás?

— Debo por lo menos intentarlo ¿No es así?

— Claro — su madre sonrió invitándolos a sentarse — olvidaba que mi hijo es muy perseverante.

— Venía a informarle a mi padre — la mujer asintió — no quiero que se preocupe, conseguiré el contrato, tendremos ese negocio.

— No quiero que cargues tanto peso sobre tus hombros. — le dijo su madre. Ella había sido su aliciente durante tantos años, tuvo que lidiar muchas veces con el carácter explosivo de su esposo y defender a su hijo de sus castigos exagerados, Alexander le guardaba un gran cariño, más que su madre la veía como su defensora — Si lo consigues en hora buena, si no es así ya habrán otros, eres muy competente hijo no dejes que tu padre te haga pensar lo contario.

— Gracias mamá. — le sonrió, definitivamente amaba a esa mujer.

— Los dejo solos unos minutos, iré a ver cómo va la cena — salió de la estancia dejando a los prometidos solos.

Él miró a Jeanne, ella era rubia de ojos azules, una mujer hermosa y con un cuerpo espléndido, aunque un poco delgada para su gusto, acercó su mano al muslo de la chica y ella se sobresaltó — ¿Qué tal tu día, hermosa?

— Bien, un poco ocupado — sonrío nerviosa, el resopló casi imperceptible, le molestaba la manera en la que ella se cohibía frente a él, ya llevaban juntos más de diez años y aun así eran pocas veces las que hacían el amor. Alex sentía esa relación un tanto fría, pero confiaba en que después de casarse ella tomaría confianza. Bueno… eso era lo que él esperaba.

— ¿Cómo vas en la agencia? — inquirió intentando mantener la conversación.

— Tengo un desfile el sábado próximo — él asintió, sin saber como continuar con el hilo de la conversación, se sentía realmente incómodo, ¿Era normal sentirse así con la mujer que se supone sería su esposa en poco tiempo?

Se inclinó y besó los labios de la chica, buscó profundizar el beso, necesitaba un incentivo, estaba muy estresado con el tema de la hidroeléctrica y un poco de cariño no le caería mal — Alex… — ella puso una mano sobre su pecho — aquí no, estamos en casa de tus padres.

Él abrió los ojos y la miró — ¿Entonces dónde? — inquirió con frialdad — porque si es en tu departamento, que tu compañera, si es el mío, ¿Qué pensará la gente? — resopló alejándose de ella. — ¿Así será siempre Jeanne?, soy un hombre y tengo necesidades, con esta actitud estás buscando que salga a buscar lo que no tengo contigo.

— ¿Qué? — inquirió incrédula ante las palabras de su prometido.

— Lo que oíste — se levantó y estiró el saco de su traje. Su mal humor escalando a niveles astronómicos. — así que empieza a poner de tu parte, no creas que porque serás mi esposa soportaré todo esto.

Se alejó rumbo al comedor, sintió el dolor de su cabeza acrecentarse, esa situación con Jeanne siempre lo ponía de mal genio ¿Qué le sucedía? ¿Tan malo era casarse con un hombre como él? Pensaba.

Cenaron en silencio con uno que otro comentario de su madre acerca de los preparativos de la boda, cuando salieron Alexandre llevó a Jeanne a su casa, desvió la mirada cuando llegaron a la entrada principal — amor — le dijo Jeanne, ella no comprendía porque se comportaba con él de esa manera, lo quería sí, pero sentía que todo era forzado, desde pequeña le presentaron al lindo niño de ojos azules, demasiado serio y reservado para un niño de su edad, pero aun así aprendió a tomarle cariño a través de los años, Jeanne sabía que ese era su destino, él lo era — perdóname ¿Sí?

— Hablaremos cuando vuelva de mi viaje — dijo sin quitar la vista del frente. — si te estás casando conmigo meramente por el compromiso que nuestras familias han pactado, me gustaría que me lo dijeras.

— Yo te amo, Alex. — ella posó una mano sobre la suya — tan solo estoy un poco nerviosa por los preparativos y encima mi trabajo. Claro que quiero casarme contigo.

Él volteó a mirarla, notó la sinceridad en su mirada y sonrió complacido, apaciguando un poco su enojo. — te creo — le dijo para acariciar su mejilla con suavidad, la chica cerró los ojos para recibir su caricia — te veré el sábado, hermosa. Iremos a ver el bufete para la boda.

— ¿En serio? — inquirió ella emocionada. Desde que el chico le había propuesto matrimonio hace más de tres meses, jamás se había involucrado en ningún preparativo.

— Claro que sí. — se inclinó sobre su asiento y besó los labios de su prometida, ella recibió el beso, y sus lenguas danzaron, se separaron después de unos segundos — Adiós, linda.

— Adiós, Alex — salió del auto y el joven partió a su departamento con un sentimiento extraño en su interior ¿En realidad amaba a Jeanne?

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