Mundo ficciónIniciar sesión— ¿Sabe usted quien soy yo? — Alexander la miró fijamente. Intentando imponerse con su voz autoritaria y grave. Esa que hacía temblar a todos sus empleados.
— Puede ser usted el mismísimo Rey de Inglaterra, y de igual manera no haría ninguna diferencia, créame. Está perdiendo el tiempo, y es más que evidente que venir aquí ha sido todo un suplicio para usted. — Virginia se cruzó de brazos ante él, desafiante, demostrándole con ese simple, pero significativo gesto, que allá en su ciudad llena de edificios él podía ser el rey, pero aquí, no era nadie. Ray rio despacio al lado de su amigo, era la primera vez que veía que una mujer le contestara de esa manera al imponente empresario. No, mejor dicho, que cualquier persona le respondiera.
— Mire señorita…
— Virginia — le respondió con molestia. Empezaba a hartarse de la actitud déspota del desconocido. Muy guapo sí, pero engreído a morir.
— Virginia — repitió el nombre, acariciando cada sílaba que salía de su boca, le parecía un nombre precioso, significaba pureza ¿Ella sería así de pura? ¿Totalmente inexplorada? Se vio sorprendido por el curso que habían tomado sus pensamientos — no quiero ser grosero con usted, ante todo soy un caballero, y jamás irrespetaría a una dama. — ella mordió su labio inferior de manera inconsciente, pensando que definitivamente el hombre de traje perfectamente pulcro, a excepción de sus zapatos, se parecía mucho a los personajes masculinos de sus novelas.
Un gesto inocente, que produjo una inmediata reacción en Alexander.
Él sin poder contenerse desvió su vista a esos labios carnosos, la temperatura de su cuerpo se disparó y de nuevo sacudió la cabeza ¿Qué estaba pasándole? ¿Será la falta de sexo con su prometida? Debe ser eso, no es normal que se comporte como todo un crío con una total desconocida. Aunque su belleza era innegable, todavía le costaba creer que una mujer así se encontrase en un pueblo tan olvidado por el mundo. Como si una joya preciosa brillara en la oscuridad de una inhóspita cueva. Esperando por ser encontrada, admirada, explorada…
El curso de sus pensamientos se desvió tanto que solo atinó a decir balbuceos sin sentido. Como niño aprendiendo a pronunciar sus primeras palabras. — y bueno… emm… yo... no…— quiso darse de golpes contra el suelo. ¿En serio se había quedado sin palabras?
Ella no pudo evitar reírse, llevo una mano a su boca y rio suavemente, él también se vio sonriendo sin embargo la vergüenza no lo abandonaba ¿Qué fue eso? Se planteó seriamente visitar un neurólogo apenas volviera a New York. Eso de presentar problemas del lengua a esa edad estaba preocupante. — ¿Quieres ayuda amigo? — se le acercó Ray divertido. Como si quisiera echarle más leña al fuego, no podía perder la oportunidad de humillar al perfecto CEO que a cada nada lo corrige por su vocabulario. Sin duda alguna, ese día pasaría a la historia: el día en el que Alexander Carpentier, se había quedado sin palabras ante alguien.
— Le diré a mi padre que lo buscan — dijo la chica sin borrar su sonrisa, completamente convencida de que una conversación más no lo cambiaría nada. En realidad le sorprendió cuando aquel atractivo hombre desvió la vista a sus labios ¿Había logrado distraerlo? Le resultaba divertida, ya hasta el enojo se le había esfumado. — no creo que haga mayor diferencia, pero no seremos malos anfitriones.
Ella les sonrío por última vez para empezar a caminar hacia la casa, y allí estaba de nuevo Alex, mirando su cuerpo curvilíneo mientras caminaba alejándose de ellos, su amigo movió una mano frente a su rostro — tierra llamando a Alex — retiró su vista de la bella chica para mirar a su amigo levantando una ceja — oye, cierra esa boca o de seguro se te mete una mosca de estiércol y mira que llevas mucho en tus zapatos. — Ray empezó a reír descontrolado, pero Alex seguía perdido en las suaves curvas de esa preciosa mujer. Ignorando monumentalmente al cotilla de su mejor amigo.
— En serio me preocupas hermano, ¿Tan mal te dejó?
— Es preciosa. — susurró ensimismado, sin poder evitar soltar aquellas palabras con total sinceridad. Su amigo lo miró sorprendiendo.
— ¿Qué fue lo que te advertí en el helicóptero? — el chico miro a su amigo, saliendo poco a poco de su trance. — oye, despierta Alex, estás comprometido.
— Solo dije la verdad — carraspeó acomodándose su saco negro, intentando recobrar la cordura. — no significa que quiera raptarla y llevarla a vivir conmigo ¿OK?
— Como tú digas. — murmuró Ray. Aunque en el fondo empezaba a dudar del buen juicio de su amigo. Y lo entendía, esa mujer era un deleite a la vista, pero sin duda alguna, totalmente fuera de lugar en la vida citadina de él y su mejor amigo.
Ambos se sumergieron en sus pensamientos, Ray consideraba seriamente darle un par de cachetadas a su mejor amigo para espabilarlo, mientras Alex se acariciaba la barbilla mientras observaba a la entrada de aquella casa vieja. Ansioso. Anhelando volver a verla.
La chica volvió minutos después, Alex automáticamente se puso recto, como si con ese gesto pudiera ocultar su nerviosismo. — pueden pasar, solo tienen 10 minutos — Ese tono tajante por parte de la castaña lo hizo arquear las cejas ¿En serio le estaban poniendo condiciones? Pensó Alexander, esa era una situación peculiar, desde que bajó del helicóptero hasta ese instante en donde de nuevo se veía impactado por la hermosa jovencita.
— ¿Podría ayudarme con algo? — le preguntó con cierto recelo, Virginia asintió — es que cuando veníamos hacia acá, yo por equivocación…
— Pisó excremento de vaca. — y ese era su amigo imprudente, lo miró mal y la chica volvió a reír, se estaba divirtiendo mucho con esos dos citadinos en mitad del campo, deben estar traumados, principalmente ese hombre de ojos azules intensos ¿En serio era su color real? Nunca había visto unos ojos tan azules y hermosos.
— Claro, vengan por aquí los ayudaré — caminaron juntos hasta llegar a una especie de lavaderos — pueden tomar alguno de esos limpiones, hay varias llaves solo tiene que frotar su zapato.
— ¿Ah? — Alexander estaba aterrado, en su vida había limpiado algo tan asqueroso de sus zapatos caros, si solo una ligera mancha ya era suficiente para descartarlos de su guardarropa. Le dolía el alma ver cómo se arruinaron sus ejemplares exclusivos.
Ella suspiró analizando su cara de tragedia y se sentó en el borde del lavador, ambos hombres la miraron consternados — le ayudaré, extienda su pierna.
— ¿Qué? No, claro que no — Alexandre se negó rotundamente, no podía hacer que ella limpiara eso de sus zapatos, jamás — lo haré yo mismo no se preocupe.
— ¿Seguro? — inquirió la chica con cierta pena del hombre que de seguro jamás en su vida había pisado una granja.
— Claro que si — Por supuesto que no, pensó, pero no dejaría que Virginia hiciera algo tan vergonzoso.
Con evidente desagrado tomó el trapo entre sus manos y lo mojó un poco con el agua fría, se sentó en el borde y empezó a limpiar la cosa verde con café adherida a la suela de su zapato, soltaba una que otra arcada mientras pasaba el pedazo de tela, su amigo y Virginia lo miraban a unos metros, reían al notar la batalla que estaba librando, en realidad era muy cómico ver como cubría su nariz con dos dedos — ¿Está bien? — inquirió la chica.
El asintió, pero sus ojos llorosos decían lo contrario, el pobrecito estaba sufriendo — debí grabarlo — dijo Ray cuando su amigo había terminado, Alex lo miro fulminándolo y dejo el trapo a un lado, lavó sus manos por mucho tiempo hasta que sintió estaban limpias. Si es que era posible.
— ¿Listo? — Virginia se acercó unos pasos.
— Gracias — le sonrío a la chica, y ahí estaban de nuevo mirándose fijamente, ambos sentían chispas al verse mutuamente, como si juegos artificiales estallaran a su alrededor ¿Qué era lo que les sucedía? ¿Cómo explicar esa atracción espontánea y magnética?
Su amigo carraspeando por la incomodidad de ser el mal tercio los bajó de la nube, ella retiró la mirada sonrojada y entró a la propiedad, esa imagen de la chica con sus mejillas sonrosadas dejó a Alexander complacido, su amigo palmeó su espalda — vamos hombre, deja de babear, vinimos a hacer negocios ¿Te lo recuerdo?
— No es necesario. Sé porque estoy aquí, vamos.
Entraron a la casa después de la joven. Con el empresario, buscando la manera de enfocarse en el motivo importante de su viaje; convencer a ese hombre de vender sus tierras.
Virginia corrió hacia la cocina apenas entró a la estancia ¿Qué fue eso? Pensó, sentía sus mejillas arder y sus manos temblaban ligeramente al recordar la mirada de aquel hombre atractivo. Jamás, en sus veinticinco años de vida había sentido algo así por ningún hombre del pueblo, aunque para ser sincera, no había quien se igualara a la belleza de ese desconocido. El hombre más atractivo del pueblo era Fernando, su amigo, por lo que jamás lo había visto con otros ojos. — ¡Hermanita! — Virginia, al escuchar a su hermana menor, dio un respingo por el susto que casi detiene su corazón.
— Shhh… Rose — cubrió su boca jalándola a la cocina.
— ¿Qué pasa? — inquirió la joven extrañada por el comportamiento de su hermana.
— Tenemos visita.
— ¡Visita! — exclamo, Virginia la observó con reproche, ¿Por qué la pequeña Jones no podía ser ni un poco prudente? Eso se lo preguntaban todos.
— Sí, visita y deja de gritar tanto o pronto se enterará todo el pueblo.
— ¿Quiénes son? — sacó su cabeza por el marco de la puerta, cubrió su boca abriendo los ojos con impresión. — ¿Acaso son modelos?
La castaña sonrío negando — No, no son modelos.
— Pues lo parecen, ese de ojos azules y traje negro, ¡Dios es mi prospecto de hombre! ¿Por qué no hay hombres así en el pueblo?
— Oye — la reprendió — eres una niña aún ¿Cómo piensas en esas cosas?
— Tengo 19 ya no soy una niña, y yo sí quiero un novio — torció los labios — tu eres la única que ha decidido vestir santos por la vida, es más ¿Cuándo entras al convento?
— Tonta — golpeó su hombro con suavidad— es la primera vez que veo a un hombre así. — murmuró sorprendiéndose a sí misma por su confesión.
— ¿Qué?
— Como Alexander — señalo al hombre que mantenía una conversación con su padre — así se llama el castaño.
— Oh, ya se presentaron — su hermana alzo las cejas con picardía. — y ¿Qué tal? ¿Cómo es estar frente a esa hermosura?
Su hermana negó con una sonrisa. Así era , intrépida Rose: intrépida y parlanchina, ella no conocía la palabra vergüenza, mientas que Virginia ya se había sonrojado con un completo desconocido.
— Un poco impresionante — confesó — es un hombre muy imponente.
— Eso está más que claro — se acercó de nuevo a la puerta para espiar — la forma en la que mueve su boca al hablar con tanta propiedad es tan sexy ¡Ven míralo!
— ¿Qué?
— Ven — la jaló de la mano. La chica se paró atrás de su hermana pensando que esa era una completa locura; espiar a las personas mientras mantenían una conversación privada le parecía inapropiado, pero sin poder evitarlo e impulsada por una fuerza que no podía comprender, pronto ya se encontraba mirándolo. No pudo evitar reparar las facciones de su rostro: cuadradas y varoniles, una nariz delgada y respingada, cejas pobladas, pero perfectamente delineadas, así como su barba, y esos labios… bueno eran bonitos.
De nuevo se encontró sonrojada y con el pulso acelerado, se metió a la cocina y llevó una mano a su pecho, su corazón palpitaba con fuerza contra la palma de su mano, ¿Acaso esto es una especie de brujería? No encontraba otra explicación. — haré café. — se apresuró a decir para poder alejarse de Rose y ocultar así su rubor.
Puso la tetera en la estufa y aguardó unos minutos con sus manos sosteniéndose en los filos de la encimera, su ritmo cardiaco no disminuía y temía hacer el ridículo cuando saliera a la estancia principal.
Cuando terminó de preparar todo en una pequeña bandeja de plata pasó a su hermana de largo que seguía espiándolos y caminó hacia la sala, instantáneamente sus ojos miraron al castaño y se sorprendió al percatarse de que él ya la estaba mirando fijamente con esos ojos azules tan profundos — ya conocieron a mi hija Virginia — ante la mención de su padre, la joven inclinó su cabeza y puso las tazas de café sobre la mesa de centro, rogando que su nerviosismo no la delatara y terminara regando el café encima de aquellos visitantes demasiado atractivos para su propio bien.
— Con permiso — caminó con sus piernas temblorosas hacia la cocina, apenas entró, su hermana pego un pequeño grito que acrecentó su nerviosismo.
— El dios griego… él… — balbuceaba sin sentido — el Dios...
— ¿Qué pasa? — preguntó Virginia con el entrecejo fruncido.
— No dejaba de mirarte desde que saliste hasta que volviste a la cocina. Fue gracioso ver cómo te seguía con la mirada sin importarle que nuestro padre le sacara los ojos en el proceso.— La castaña no pudo evitar sentir una especie de emoción florecer en su interior al escuchar a su hermana, arrugó su entrecejo al instante ¿Por qué actuaba de esa manera?
— Son ideas tuyas. — dijo mordiendo su labio inferior.
— ¿Quieres comprobarlo? — la miró sin comprender — iré a dejarles galletas, fíjate si me mira tan detenidamente, si lo hace es un mujeriego empedernido y se va a la fila de los rezagados — ella sonrío, su hermana era muy ocurrida. — y si no… ufff… acabas de captar la atención de un Adonis de ciudad.
— Ya déjate de tonterías. — rascó su nuca nerviosa, y no pudo evitar que sus pensamientos la traicionaran, ¿La miraría? Se encontró preguntándoselo en su mente, definitivamente estaba perdiendo el juicio para estar considerando ese juego absurdo de su hermana menor.
Su hermana tomó una nueva bandeja y puso algunas galletas en esta, la miró cómplice antes de salir, y Virginia se asomó a la puerta, la chica llegó hasta su padre, enseguida los hombres la miraron, la desilusión la lleno, era una tontería lo que decía su hermana, ¿Cómo un hombre tan refinado con él podría fijarse en una campesina como ella? — ella es mi hija menor, Rose— ambos hombres le dieron la mano.
Rose se alejó hacia la cocina y Virginia al instante miró al castaño con excesiva atención, tomándola por sorpresa al notar que él ya tenía la vista puesta en su padre y eso sin saberlo cómo, la emocionó. — te lo dije — su hermana murmuró a su lado al ver su sonrisa. Virginia se paralizó cuando Alexander levantó la cabeza y conectó su mirada con la suya, y por tercera vez desde que lo había visto no podían dejar de mirarse, fueron instantes cortos, pero demasiado intensos.
Ventiló su rostro escondiéndose en la cocina, su hermana la miró divertida — ¿Aún consideras lo del celibato?
— Tonta — la castaña mordió su labio sin poder borrar la sonrisa de su rostro.







