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Manhattan, New York
13 de junio del 2018
Presente
"Virginia, mujer preciosa, ¿Cómo iba yo a saber que me enamoraría perdidamente de ti?
Mi vida era tranquila, plana y monótona, no sabía que mi mundo era tan insignificante hasta que te conocí, tu tan sonriente y sencilla, con ese hermoso cabello cayendo por tu espalda, con esos bellos ojos mieles con destellos verdes que me robaron el aliento. Tu boca; esos labios que me atraen sin control, besarlos quiero, amarte deseo…
Tú me enseñaste a ver más allá de lo que mi mundo me permitía, contigo aprendí a disfrutar de las pequeñas cosas; a caminar descalzo en un valle de flores o a quitarme mi pulcro traje y zapatos de diseñador para disfrutar de un simple juego alrededor de una fogata. A tu lado descubrí a ese niño que llevaba dentro y que nunca pude ser por la estricta educación que me impartió mi familia.
¿Sabes? Por ti soy capaz de dejarlo todo: mis empresas, toda mi fortuna, a mi familia. Lo dejaría todo por quedarme a tu lado ¿Es lo que quieres amor mío? No me arrepiento de los maravillosos momentos compartidos, ya que son mi más preciado tesoro. Podrán quitarme todo menos el recuerdo de la mujer que amo.
Virginia, corazón mío, cuando leas esta carta ven a la plaza central, te estaré esperando el tiempo que desees, solo… ven por favor. Sé que es difícil y que estás muy herida, y no sabes cuánto me arrepiento por todo lo que has tenido que pasar por estar con un hombre como yo, pero simplemente no soy nada si tú no estás conmigo, huir junto a ti para finalmente vivir nuestro amor es lo que más deseo, estaré esperándote amada mía… no tardes por favor.
Por siempre tuyo… Alex".
...
Darrington, Washington.
Un año antes
— ¡Virginia! — la joven se movió en la cama tapándose con la almohada ante el fuerte llamado de su madre — ¡Virginia Jones baja en este momento!
— ¡Aigg! Pero si ni siquiera ha cantado el gallo. — se quejó retirándose la almohada de la cabeza.
No había algo que odiara más que levantarse temprano en las mañanas. Virginia se sentó sobre la cama y removió sus cabellos castaños con sus manos, estiró los brazos a los costados de su cuerpo, desperezándose y salió de su habitación. Ella siempre iba descalza, odiaba los zapatos, así que cuando tenía la menor oportunidad se deshacía de ellos para caminar libre sintiendo todo bajo sus pies; eso le encantaba.
Bajó las gradas de dos en dos y llegó a la sala, dos hombres de traje estaban sentados en el sillón junto con sus padres y hermano mayor. Los miró con los ojos abiertos y su padre le dedico una mirada de desaprobación — Hija — murmuró — ¿Qué es esa forma de presentarte en nuestra estancia cuando tenemos visitas?
Al instante se sintió avergonzada, ya que llevaba puesto un pequeño beibidol color salmón que ciertamente no dejaba nada a la imaginación. Notó la mirada de uno de los hombres en su cuerpo y los colores subieron a su rostro — Perdón. — susurro cubriendo con una mano sus escote.
— Sube a cambiarte ahora. — aseveró su madre con tono estricto.
— En seguida, con permiso. — se dio media vuelta y salió corriendo rumbo las gradas.
— Discúlpenla, ella es… un poco peculiar — le dijo su madre a aquellos hombres que pisaban por primera vez su propiedad.
La joven entró de lleno a su habitación y buscó en su armario prendas más acordes a la ocasión. Se preguntaba quienes podrían ser esos hombres, pocas veces personas como esas pisaban el pueblo, por su aspecto se daba cuenta de que venían de la ciudad. Se quedó pensativa unos segundos, para después sacudir su cabeza y terminar por colocarse un vestido blanco con pequeñas flores amarillas, se colocó unas sandalias blancas y peinó un poco su cabello con los dedos.
Ella no era una mujer de maquillaje, en sus 26 años de vida jamás había puesto alguno de esos productos que tanto usaban las mujeres del pueblo sobre su rostro, quizás de vez en cuando un poco de labial, era lo máximo que se permitía usar.
Bajó de nuevo a la estancia principal para escuchar una acalorada discusión entre su padre y hermano mayor Franco con aquellos extraños hombres — escuche, Sr. Jones…
— ¡Ya le dije que no venderé! — respondió su padre con tono severo.
Virginia se paró en el marco de la puerta asomando su cabeza para ver a su padre rojo de furia ¿Qué podría haberlo alterado así siendo el hombre tan pacífico que era?
— Nuestra constructora está ofreciendo pagar una alta suma de dinero por sus tierras, es un buen trato. Le estamos ofreciendo el doble del valor real de sus tierras. — ella palideció al escuchar al desconocido. No concebía la idea de que pudieran vender parte de su hacienda, cientos de hectáreas que han pertenecido a la familia Jones por generaciones.
— Mire, puede decirle a su director que, aunque me ofrezca cien veces más ¡No le venderé ni un pedazo de mis tierras! — gritó el hombre mayor haciendo sobresaltar a los empresarios. Inmediatamente se dieron cuenta de que ese negocio era imposible. Lo malo sería enfrentar a su jefe, un hombre que no aceptaba un no por respuesta. Sabían que estaban en graves problemas.
— Le pido que lo reconsidere…
— Franco, muestrales a los caballeros la salida. — espetó su padre para salir de la estancia, pasó por el lado de Virginia.
— Papá — lo llamó.
— ¿Lo oíste todo? — inquirió el hombre de entrada edad. La chica asintió.
— ¿Qué querían esos hombres? — se acercó a él.
— ¿Puedes creer que vinieron a pedirme que les venda 100 hectáreas de nuestras tierras para una dichosa hidroeléctrica que van a construir en el río Sauk?
— ¿Una hidroeléctrica? — preguntó sorprendida.
— Como lo oyes — negó con la cabeza — ahora quieren venir a invadirnos con su tecnología citadina. — Virginia se sintió nerviosa, ella amaba su pueblo, era pequeño, pero cálido, y un lugar mágico en donde la tecnología hasta el momento no había hecho estragos.
— No debes permitirlo. — le dijo ella tomando de su mano arrugada por los años.
— Por supuesto que no lo permitiré — dijo el hombre en su enojo — ellos creen que por poseer tanto dinero pueden comprar a quienes se les dé la gana.
— Tranquilo papá — la chica acarició la espalda de su padre con delicadeza — vamos a la cocina te prepararé un té, recuerda que tu corazón no está bien, no puedes alterarte así.
— Mi hija tan considerada — acarició su mejilla — ¿Qué haría yo sin ti? — sonrío con timidez — tu hermana mayor se fue a esa ciudad y siento… que ha cambiado — Virginia hizo una mueca. Su hermana mayor se había mudado desde los 20 años para estudiar en la universidad de Columbia en New York, a partir de ese entonces los visita muy poco, siente la ausencia de su hermana y le duele, ella era su confidente — y está tu hermana menor que se pasa más en el pueblo con su grupo de amigos que aquí ayudando a sus padres...
— Papá — le dijo ella con delicadeza — le pido por favor que se calme un poco — el viejo suelta el aire cansino — vamos a por su té de yerba buena.
— Mi hija querida. — la abrazó mientras caminaban a la cocina — Sabes que eres mi ángel ¿Verdad?
Ella asintió con una gran sonrisa en su rostro, su relación con su padre era la mejor, desde niña fue muy unida a él, tanto así que sus hermanos decían que ella era la consentida del viejo Germán. Virginia disfrutaba de los días junto a su padre, de ayudarle en la hacienda, esa era su vida… no conocía nada más que aquel lugar silvestre, pero era feliz así, nada le hacía falta.
Calentó el agua en la tetera y colocó dos tasas en la mesa, las llenó y puso un sobre de té en el de su padre, se lo extendió y ella se hizo un café, el delicioso aroma la hace inspirar profundo, su padre sonrió a su lado — tú y tu amor por el café.
Ella se sentó sonriendo frente a él — es mi pequeño vicio. — ambos sonrieron llevando las tasas a sus bocas, miraron por la ventana y sonrieron al apreciar el valle lleno de flores extendiendose más allá de lo que sus ojos podían observar.
— Jamás dejaría que nos quiten esto. — le dijo su padre y ella asintió tomando del líquido amargo.
Su hermano entró a la cocina minutos después, Franco era el hermano mayor de la familia, estaba casado con una hermosa pelirroja que atendía en la única librería de Darrington, y el lugar favorito de Virginia después de su hacienda, tenían una nena preciosa de tres años que era la debilidad de la chica, amaba a su sobrina y jugaba con ella en cada oportunidad que tenía.
— ¿Se fueron al fin? — inquirió Germán.
— Los dejé en la entrada del pueblo — el hombre se retiró su sombrero y jaló de la silla para sentarse limpiando el sudor de su frente. — pero papá, — suspiró cansino — no creo que se queden con los brazos cruzados, al parecer la hidroeléctrica esa es un negocio redondo.
— Lo sé hijo, pero cuantas veces vengan lo mismo les responderé, en algún momento se cansarán de insistir ¿No crees? — Virginia sonrió ante el comentario de su padre, lo admiraba por su determinación, él había hecho de sus tierras las más valiosas del pueblo.
— Tiene razón padre. — le dijo, su hermana lo miro.
— ¿Quieres un té?
— Gracias — murmuró toscamente, ella arrugó su entrecejo le parecía que el tono de voz de su hermano era de molestia, se levantó y le sirvió una taza, la dejó sobre la mesa — debes aprender a ser más recatada, Virginia — lo miró extrañada — en el pueblo se dicen cosas.
— ¿Qué cosas? — inquirió empezando a molestarse. Ella amaba a su hermano y le gustaba que se preocupara por ella, pero lo que menos le parecía era que le dijeran como debía comportarse o lucir ante el resto, eso siempre le molestó, por la misma razón los constantes enfrentamientos con su madre, que era una mujer bastante conservadora.
— No creo conveniente comentarlo frente a nuestro padre. — la miró serio y ella solo suspiró por lo bajo para finalmente levantarse de su silla y salir de la estancia. Prefería morderse la lengua y no responderle, a pesar de todo, lo respetaba, era su hermano mayor.
— ¿A dónde vas hija? — preguntó su padre con curiosidad.
— Al pueblo, debo devolver un libro. — dijo sin confesarle que en realidad quería escapar por un rato.
— Por favor cuídate ángel — ella le sonrío a su padre y salió de la cocina.
Subió a su habitación y tomó el libro de pasta gruesa de su escritorio, lo metió en su bolso y salió de la casa rumbo al pueblo, cada día caminaba al centro de Darrington para hacer mandados o visitar a su cuñada y sobrina, también tenía una amiga que atendía en una cafetería que frecuentaba con frecuencia, por el delicioso café que preparaban.
Caminó por las calles pintorescas y adoquinadas del pueblo, para ella era un lugar perfecto, tranquilo y lleno de paz, cuando cerraba los ojos escuchaba el trinar de los pájaros. A su paso era saludada por algunas personas, todos se conocían en el lugar y ella era conocida por su amabilidad y desbordante belleza, tenía a los hombres del pueblo a sus pies, pero Virginia jamás había aceptado que la cortejen, simplemente no le apetecía tener a alguien a su lado.
Entró a la amplia biblioteca llena de estantes que contenían centenares de libros haciendo sonar la campana de la puerta, en seguida su sobrina se guindó a su cuello haciéndola sonreír — princesita.
— Tía, ¿Me trajiste chocolate? — ella sonrío encantada, su sobrina era toda ternura y le encantaban los chocolates que ella guardaba en un cajón de su habitación con recelo.
— Claro, ¿Cómo podría olvidarme de mi pequeña glotona? — saca un chocolate de su bolsillo y se lo extendió, sus ojos marrones brillaron y ella no pudo hacer más que volver a sonreír.
— Hola, Virgi. — la saludo su cuñada, a Virginia le parecía preciosa; pelirroja con lindos risos y pecas en su blanco rostro, la pequeña Chloe las había heredado, así como su cabello rizado.
— Hola, Eli. — se acercó al mostrador.
— ¿Otro libro más? — la miró alzando una ceja.
— Ya me conoces — sonrió tímida y sacó el libro de su bolso.
— Puedes ir a buscar, si quieres llévate dos.
— Por eso te quiero tanto — se inclinó en el mostrador y besó su mejilla, la pelirroja negó divertida
Empezó a caminar por la estancia completamente maravillada.
Siempre que venía a este lugar se pasaba horas leyendo novelas, aunque no tenía un amor en la realidad, le encantaba sumergirse en los libros y pensar que vivía uno de esos romances tan apasionados. Sonrío mordiendo su labio inferior cuando tomó “Ana Karenina” de Leon Tolstoi entre sus manos, la lectura la apasionaba, podía pasarse tardes enteras leyendo sentada en su hamaca mientras disfrutaba de sus mayores placeres; la lectura y el café.
Caminó un poco más y aprovechando la oferta de su cuñada y escogió otro libro que quería leer hace algún tiempo: “Como agua para chocolate” de Laura Esquivel.
Después de talvez una hora en la que se paseó por los dos extensos pisos del lugar decidió volver con su cuñada y sobrina. Dejó los libros sobre el mostrador mientras tomaba a la pequeña Chloe en sus brazos para darle mimos — eres toda una come libros — la molestó Elizabeth mientras registraba los libros.
Virginia rio y le sacó la lengua — ¿Qué puedo hacer yo? Soy una romántica empedernida — negó con la cabeza.
— Has leído tantas historias de amor, pero no te permites vivir la tuya.
Levantó una ceja hacia la pelirroja, su sobrina pincho su mejilla con su pequeño dedo haciéndola sonreír — prefiero vivir una fantasía que desilusionarme con la realidad. — Elizabeth suspiró cansina, sabía que su cuñada se negaba a entablar una relación con cualquier hombre, le parecía una mujer preciosa, y escuchaba muchos comentarios de los hombres del pueblo, unos buenos y otros no tanto, sin excepción las mujeres también lanzaban sus comentarios, pero como siempre llenos de veneno, eso le molestaba, pero no podía hacer nada, su cuñada era un misterio para todos. Inclusive para ella misma.
— Ok, no te diré más — levantó las manos a los costados de su cuerpo en señal de rendición.
— Por fin — exclamó haciendo reír a su cuñada, besó la mejilla de la pequeña niña y la dejó en el piso — bueno, creo que debo irme.
— Por cierto… — dijo antes de que cruzara la puerta — ¿Qué pasó con los empresarios que iban a visitar la hacienda esta mañana?
— Mi padre les dejó claro que no venderá ni una hectárea de tierra.
Ella sonrió satisfecha — ese es mi suegro — Virginia rio para finalmente abandonar el lugar.
Volvió a su casa al caer la tarde, y como era ya costumbre en ella, se sentó en su gran hamaca, tomó una cobija tejida que su padre le había comprado en una feria del pueblo y la puso sobre su espalda, abrió uno de los libros que había escogido esa tarde y empezó a leer mientras llevaba el café humeante a su boca, suspiró mirando el atardecer frente a ella, esta era su vida, y no la cambiaría por nada… ni por nadie.







