— ¿Sabe usted quien soy yo? — Alexander la miró fijamente. Intentando imponerse con su voz autoritaria y grave. Esa que hacía temblar a todos sus empleados.— Puede ser usted el mismísimo Rey de Inglaterra, y de igual manera no haría ninguna diferencia, créame. Está perdiendo el tiempo, y es más que evidente que venir aquí ha sido todo un suplicio para usted. — Virginia se cruzó de brazos ante él, desafiante, demostrándole con ese simple, pero significativo gesto, que allá en su ciudad llena de edificios él podía ser el rey, pero aquí, no era nadie. Ray rio despacio al lado de su amigo, era la primera vez que veía que una mujer le contestara de esa manera al imponente empresario. No, mejor dicho, que cualquier persona le respondiera.— Mire señorita…— Virginia — le respondió con molestia. Empezaba a hartarse de la actitud déspota del desconocido. Muy guapo sí, pero engreído a morir.— Virginia — repitió el nombre, acariciando cada sílaba que salía de su boca, le parecía un nombre pre
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