Mundo ficciónIniciar sesiónAeródromo Carpentier, New York.
Alexander se encontraba en la pista de aterrizaje, en donde un helicóptero los llevaría a Darrington. Llevaba esperando más de media hora y su amigo no había llegado. Alexander no era un hombre paciente, le gustaba la puntualidad y aun así allí se encontraba con su humor empeorando mientras su amigo brillaba por su ausencia.
— Sr. Carpentier todo está listo. — anunció el piloto.
— Solo unos minutos — le contestó con la determinación de que si Raymond no aparecía en cinco minutos cambiaría de abogado y de mejor amigo.
Para suerte del chico que no sabía cuál sería su destino si llegaba más tarde que eso, apareció un par de minutos despues ante su jefe y amigo con unos lentes de sol sobre sus ojos y una gran resaca que intuyó al instante Alexander por el olor insoportable que desprendía — te dije que viajaríamos y ¿Aun así te fuiste de fiesta?
— Lo siento, cuando me llamaste ya estaba en la disco con una rubia despampanante rozándome la entrepierna.
El joven cerró los ojos y negó — vámonos rápido antes de que me olvide que eres mi amigo.
— ¿Por qué eres tan amargado siempre? — se quejó mientras subían al helicóptero. — no me mientas, ¿Verdad que nada de nada con Jeanne?
— Si no quieres que mi humor empeore no toques ese tema. — le respondió frotándose las sienes por el estrés. Odiaba referirse al tema de su sexualidad y más con Jeanne que era algo tan complicado.
— No los comprendo — le dijo — son una pareja joven que está a puertas de la iglesia, deberían coger como conejos todo el tiempo.
— Por favor no uses ese lenguaje vulgar cuando estás conmigo, te lo he dicho Ray, lo detesto.
— Pareces mi padre, joder — Alexander sonrío de lado.
El helicóptero se alzó en el aire y partieron rumbo a Darrington, él iba pensativo ¿Cómo lograría convencer a ese hombre que cuida con tanto recelo sus tierras para que vendiera una gran parte a su empresa? — olvidé decírtelo — su amigo lo sacó de sus pensamientos — las hijas de Jones son famosas en el pueblo.
— ¿Por qué? — inquirió con cierta curiosidad.
— Dicen que son realmente hermosas — Alex arqueó una ceja algo exceptico ¿Qué podría tener de deslumbrante una pueblerina? — te lo digo para que no te sorprendas si encuentras a una especie de Amazona en ese lugar.
El hombre rio con el comentario de su amigo, no le tomó importancia y volvió a concentrarse en su plan. Para cuando llegara a ese pueblo del que jamás había escuchado hablar hasta el día que se presentó como opción para la hidroeléctrica.
Pero definitivamente él no estaba preparado para lo que vería al llegar — ¿Llegamos? — inquirió con una mueca, esperando que esa fuese una parada momentánea y no el lugar que tendría que visitar.
— Si princesa, bájate de tu calabaza y embárrate un poco. — le dijo su amigo en tono burlón.
— Estás loco, esto es fango puro ¿Acaso no pudiste aterrizar en otro sitio? — le preguntó al piloto.
— Lo siento señor, todo el terreno está en las mismas condiciones, parece que ha habido bastantes precipitaciones los últimos días.
Él abrió la boca sorprendido.
Jamás en sus treinta años de vida había tenido que experimentar algo como eso — ¿Vas a bajar o qué? — le dijo su amigo que ya se encontraba en el piso.
El hombre resopló y terminó bajando, cuando sus pies aterrizaron en el piso el lodo salpicó sus zapatos y la parte baja de su pantalón— ¡No! — se quejó — estos son unos Louboutin — refunfuñó mirando sus zapatos completamente enlodados.
Su amigo se carcajeó por la exageración de Alexander, empezaron a caminar por el lugar casi en puntillas — esto es repugnante — dijo Alex — ¿Hueles eso?
— M****a — exclamó Ray.
— Te dije que…
— No, literalmente m****a. — el chico señaló los zapatos de Alexander, se miró al instante percatándose de que había pisado excremento de algún animal.
— ¡Qué asco! ¡Qué asco! — Empezó a saltar en un pie mientras su amigo se partía de risa — ¿Te estás divirtiendo mucho? ¡Ayúdame! ¡QUÍTAME ESTO! — espetó con ira.
— Perdón — el chico sacudía sus manos intentando calmarse — es que jamás pensé que el gran Alexander Carpentier pisaría excremento de vaca. — volvió a reírse y Alexander solo quería largarse de ese lugar tan repulsivo, No llevaba ni cinco minutos ahí y ya le parecía un infierno. — Refriega tu pie en la hierba, eso quitará un poco el popo, cuando lleguemos donde los Jones pediremos algo para limpiarte.
— Más les vale que acepten, me han hecho pasar la peor experiencia de mi vida. — resopló limpiándose en el llano verde y pensando que esto sin duda era lo peor que había tenido que hacer para cerrar un negocio. Y todo para demostrarle a su padre que no se había equivocado al ponerlo al mando de la constructora de la familia. Qué humillante, pensó.
Su amigo contuvo otra carcajada y volvieron a caminar rumbo a la hacienda. Después de caminar cerca de media hora y percatarse de que sus tierras eran enormes lograron divisar la casa a lo lejos — ¡Por fin! — exclamo Alexander completamente agotado — pensé que moriría en ese campo y jamás me encontrarían.
— Tú y la palabra exageración, van perfectas juntas. — el hombre lo fulminó con la mirada.
Caminaron un poco más y se percataron de la presencia de una joven. Ella montaba a caballo, Alexander se detuvo de pronto para apreciar a la chica, pudo sentir cierto magnetismo apenas sus ojos la visualizaron, una hermosa castaña de largo cabello y cuerpo precioso montaba un semental negro con total experticia… se sintió en una especie de sueño, no podía retirar la vista de la bella joven y menos cuando detuvo el caballo a unos metros de ellos y se bajó dejándolo apreciarla por completo, ¡Dios es preciosa! Pensó con el pulso acelerado, se acercó a su amigo que también se había quedado quieto apreciándola sin retirar la vista de ese sueño de mujer — ¿Quién es ella? — inquirió Alexander con un hilo de voz.
— Un ángel — le respondió su amigo completamente hechizado por la mujer que venía hacia ellos — ¿Acaso hemos muerto? Siento que he llegado a las puertas del cielo.
— Idiota — exclamó sin retirar la mirada de la preciosa dama. ¿Era real o solo un espejismo por el golpe de calor?
— Buen día caballeros — los saludo la mujer con una sonrisa. Alexander intentaba articular palabra, pero simplemente… se había quedado mudo. Su suave y melodiosa voz acompañaba perfectamente a su belleza natural ¿Acaso no llevaba ni un poco de maquillaje encima? Pensó, sus ojos eran preciosos, mieles con destellos verdes, y sus labios gruesos y provocativos.
Alex sacudió la cabeza confundido por su estado al apreciar a la bella joven.
— Mi nombre es Alexander Carpentier, un gusto. — estiró una mano hacia la chica, ella la tomo y algo en su interior se sacudió, nunca había visto a un hombre como él; era alto, imponente, y demasiado atractivo, tenía unos ojos azules increíbles y esa barba…
— Soy Virginia Jones, hija de Germán Jones el dueño de la hacienda “Placeres”, un gusto — no podían soltar sus manos y ninguno de los dos lo comprendía, esa conexión efímera entre sus miradas era inexplicable.
— Soy Raymond Thompson, el abogado de Alexander — le extendió la mano a la chica, obligando que ambos rompieran el contacto.
— Un placer, caballeros, ¿En qué puedo ayudarles?
— Estamos buscando a su padre — habló Alexandre, Virginia pensó al instante que el hombre tenía una voz muy ronca y varonil, por un momento se lo imaginó como uno de los personajes de sus novelas, sonrió con su pensamiento — ¿Dije algo… inapropiado?
— No, ¿Por qué?
— Sonrió — Él miraba a la alta chica frente a ellos, llevaba puesto un sencillo vestido color azul, su cabello suelto y ni una sola gota de maquillaje encima, y aun así pensaba que era la mujer más hermosa que había visto en toda su vida.
— Oh, disculpe. — ella se excusó llevando un mecho de cabello detrás de su oreja, eso maravilló aún más a Alexander — solo recordé algo, no es nada ¿Para qué buscan a mi padre?
— Es sobre la venta de las hectáreas de terreno para la hidroeléctrica. — de pronto el rostro de la chica se descompuso, esos apuestos hombres habían venido a intentar comprar sus tierras.
— Mi padre ya fue claro con sus hombres, — miró a Alexander y él pudo notar el repentino cambio en la castaña, ya no era dulce y tímida, ahora le parecía hasta molesta. — no nos interesa.
— De seguro podremos llegar a un acuerdo…
— No. — dijo la chica determinada. Ambos hombres se sorprendieron, sin duda alguna tenía carácter, pero ella no sabía quién era Alexander Carpentier, él era mucho más persistente.
— No me retiraré hasta conversar con su padre. — le aseguró el joven sin dejar de observar esos preciosos ojos avellanas.
— Debería hacerlo porque él no los recibirá — Alexander ladeo una sonrisa, esa mujer definitivamente era interesante.
En cuestión de segundos, comprar esas hectarias se convirtió en algo más personal para él; no solo por el negocio, si no por aquella bella dama.







