No había tenido tiempo siquiera de calmarme después de que Clara se fuera, cuando la puerta de mi pequeña habitación se abrió de nuevo.
León estaba en el umbral. Su rostro no mostraba ira, pero había algo en sus ojos. Lo conocía lo suficiente para saber que este era León en su modo más peligroso.
—¿Qué le dijiste a Clara? —preguntó.
No respondí.
—Te pregunto, ¿qué le dijiste a Clara?
—Le dije la verdad.
—¿Que no es mi hija biológica?
—Sí.
—No tenías derecho a decírselo.
Me levanté. Mis piernas