Después de que todos los invitados se fueron, León se quedó sentado un rato más. Terminó el vino que quedaba en su copa, luego se levantó sin mirarme.
—Nos vamos.
Lo seguí hasta salir del restaurante, hacia el estacionamiento subterráneo, oscuro y frío. León abrió la puerta del coche para sí mismo, no para mí. Yo entré por el lado del acompañante, como siempre.
El coche se alejó del rascacielos.
Empleada. Me habían hecho venir solo para servir a los invitados.
León no hablaba. Su mano ilesa aga