Estaba sentada en un banco del jardín cuando una sombra alta se alzó frente a mí.
—Aquí estás.
Levanté la vista. León estaba de pie con su traje negro impecable, una corbata gris perfectamente anudada al cuello. Su rostro estaba plano como siempre, pero tenía una leve arruga en la frente, quizás porque había tenido que buscarme por todo el jardín de su casa.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Cámbiate. Ponte algo bonito.
Fruncí el ceño. —¿A dónde vamos?
—Tengo una reunión con un cliente en un restaurante.