Todavía estábamos abrazados cuando el sonido de pasos resonó al final del pasillo.
No necesité volverme para saber quién era. Conocía ese paso desde hacía dos años: firme, medido, pesado. El paso que siempre hacía que los demás empleados se escondieran detrás de las puertas.
Leon.
Me solté del abrazo de Adrian y Sebastian con un movimiento rápido.
Leon estaba de pie al final del pasillo, justo debajo de la luz de emergencia que brillaba tenuemente.
—Ana, a casa —dijo.
No me moví. Mis piernas es