El silencio duró exactamente lo que tardé en doblar la hoja.
Despacio.
Con el cuidado mecánico de las manos cuando la cabeza ya no da instrucciones útiles.
La doblé por la mitad. Luego otra vez. El papel resistió el segundo doblez con esa rigidez del papel de calidad, el papel de clínicas privadas que cobran lo suficiente para que sus resultados lleguen en sobres que no se arrugan.
Lo dejé sobre la mesita.
Levanté la vista.
Valentino seguía exactamente donde estaba.
—¿Cuándo pensabas decírmelo?