Tres días.
Setenta y dos horas.
Cuatro mil trescientos veinte minutos de vivir dentro de una casa que seguía funcionando con exactitud de relojería mientras algo invisible se pudriera en sus cimientos.
Valentino entró aquella mañana, me miró, y no dijo nada.
Cruzó el vestíbulo.
Subió las escaleras.
A las dos horas bajó duchado, trajeado, con el cabello en orden y la carpeta fina bajo el brazo convertida en un maletín que salió con él cuando el Bentley desapareció por el camino de piedra.
Como c