La invitación llegó cuarenta y ocho horas después de que Diana pisara suelo europeo.
No fue por correo. No fue a través de intermediarios. Llegó directamente al teléfono de Valentino a las siete de la tarde de un martes, con el número bloqueado y una voz que Valentino no reconoció pero que yo reconocí al instante cuando me repitió las palabras exactas.
—Dice que Harold McKenzie quiere cenar con nosotros. —Valentino me miraba desde el otro lado de la mesa con la expresión específica de quien aca