La mañana llegó con olor a lavanda y tierra mojada.
Salí de la habitación antes de que Valentino despertara. Necesitaba aire. Necesitaba espacio. Necesitaba enfrentarme a un anciano de ochenta y cinco años que había movido mi vida como una pieza de ajedrez.
Los jardines de la villa Rossi estaban vacíos a esa hora.
Encontré a Enzo en la terraza del desayuno, solo, con una taza de café negro y el periódico doblado sobre la mesa. Me miró llegar sin sorpresa. Como si me hubiera esperado.
Como si si