Valentino me esperó hasta la tarde.
No me presionó. No me buscó con urgencia ni con la intensidad que tenía cuando negociaba contratos o cercaba rivales.
Me esperó.
Y eso fue más devastador que cualquier cosa que hubiera podido hacer.
Pasé la mañana con Enzo, que nos mostró el viñedo del fondo y le explicó a Luca con paciencia infinita por qué las uvas necesitan sol pero también sombra. Luca escuchó con la misma seriedad con la que memorizaba constelaciones. Mía, por su parte, se manchó los pie