Fue la boda más pequeña del mundo.
Catorce personas en total: nosotros dos, los gemelos, Enzo —que insistió en viajar desde la Toscana a pesar de las protestas de su médico—, Carolina, Marcos, la niñera de los niños, el notario, tres testigos que Valentino conocía desde la universidad, y Diana, que llegó desde Zúrich veintiséis horas antes con una expresión exhausta y una sonrisa que no había puesto en semanas.
Nadie supo que estábamos planeándola hasta cuarenta y ocho horas antes.
Así lo quise