Esa noche no hablamos de Harold.
No hablamos de topos ni de fiscales ni de teléfonos infantiles con instrucciones de hombres mayores. No hablamos de contratos ni de demandas ni del rastro en Malta.
Esa noche fue de los niños.
Mía salió de la cocina después de merendar con la libreta nueva que habíamos comprado en la papelería de la esquina. No la del colegio. Una de tapa dura, negra, con páginas de papel grueso que aguantaban acuarela sin deformarse.
Se sentó en el suelo del salón.
Sacó los láp