La fotografía ardió entre mis dedos durante exactamente tres segundos antes de que la lanzara sobre la mesa de centro como si quemara de verdad.
Quizás sí lo hacía.
Carolina apareció en el umbral de la sala, el cabello despeinado, los ojos hinchados de sueño. Eran las tres y cuarenta y dos de la madrugada. La había despertado con mi llamada urgente.
—¿Qué pasó?
Señalé la fotografía sin decir palabra.
Carolina la tomó con dedos temblorosos. Su rostro palideció con cada segundo que pasaba estudiá