Margaret McKenzie no abría la puerta a desconocidas.
Setenta años de crueldad destilada le habían enseñado que la gente que llega sin avisar siempre quiere algo. Dinero. Información. La oportunidad de mirar hacia adentro de una vida que no le pertenece.
Pero la voz al otro lado de la puerta era distinta.
Suave. Controlada. Con esa cadencia particular de quien está acostumbrada a ser escuchada.
—Margaret, querida. Creo que es hora de que hablemos de lo que realmente pasó aquella noche de bodas.