Narrador Omnisciente
La mansión Andrews, a pocas horas del gran evento, no era un hogar; era una jaula de oro donde dos depredadores heridos daban vueltas en círculos, esperando el momento de hincarse el diente. El despacho de la planta alta —el territorio que Christina consideraba su sala de guerra— estaba impregnado del aroma a gardenias y del olor metálico de la furia contenida.
Matthew entró sin llamar, pateando la puerta doble. Su aspecto era desaliñado para los estándares de la familia: l