El estudio de música en el ático de Jesse era el único lugar donde el aire no se sentía cargado de las expectativas asfixiantes de los Andrews. Allí, rodeada de guitarras acústicas, sintetizadores y partituras a medio terminar, yo era libre. O eso creía, hasta que Alexander cruzaba la puerta.
Hacía días que intentaba terminar una melodía, una progresión de acordes que se me escapaba como arena entre los dedos. Estaba sentada frente al piano de cola, con la frente apoyada en las teclas frías, cu