El despacho de Christina Andrews olía a poder estancado, a flores caras que se marchitaban y a ese perfume de rosas que solía erizarme los vellos de los brazos. Pero esa noche, el aroma se mezclaba con algo mucho más terrenal y sucio: el vaho del whisky barato y el sudor frío de un hombre derrotado.
Matthew estaba desplomado en el sillón de cuero de su madre, con una botella a medio vaciar entre las piernas y la mirada perdida en el techo de molduras doradas. Se veía patético, pero en su decade