CAPITULO XLIII — Cenizas sobre el mármol.
Valentina Palacios
El olor a antiséptico y el zumbido constante de las máquinas en la clínica privada eran un recordatorio punzante de que la realidad no se detiene, ni siquiera cuando el mundo parece estar ardiendo. Estábamos todos en la sala de espera, un espacio de mármol frío y luces fluorescentes que se sentía como un purgatorio.
Me apreté las manos, aún sintiendo el temblor que no me abandonaba desde que recibimos la noticia. Christina estaba en la unidad de cuidados intensivos, con quema