Christina Andrews
El eco de los pasos de Arthur alejándose por el pasillo fue como el sonido de una celda cerrándose. Me quedé inmóvil frente al ventanal, apretando los puños hasta que mis uñas se clavaron en las palmas. "Blanda", me había llamado. "Monstruo de seda". El cristal que había arrojado contra la puerta yacía hecho añicos en la alfombra, un espejo roto que reflejaba mi propia derrota en mil pedazos distorsionados.
— No vas a quitarme nada, Arthur —susurré, y mi voz sonó como el siseo