El asfalto de Miami parecía escupir fuego bajo los neumáticos de mi deportivo. El aire acondicionado funcionaba al máximo, pero yo sentía que me asfixiaba. Todo se estaba desmoronando. La mansión, el refugio de mi arrogancia, era ahora un cascarón negro custodiado por cintas amarillas de la policía. Mi madre, la mujer que movía los hilos del mundo, estaba postrada en una cama de hospital, reducida a un despojo humano que apenas podía respirar. Y mi padre... mi padre me miraba como si fuera una