CAPITULO LIII — La arquitectura del engaño.
El aire en el pequeño apartamento de lujo que había alquilado con los últimos fondos que mi padre aún no había logrado congelar olía a desesperación y a cigarrillos caros. Habían pasado dos semanas desde la noche del incendio, dos semanas desde que vi a mi imperio personal convertirse en cenizas y a mi "hijo" Alexander revelarse como el bastardo de un desconocido.
Miré a Maia, que estaba sentada en el borde de la cama, envuelta en una bata de seda que le quedaba demasiado grande. Se veía frágil