Mundo ficciónIniciar sesiónCamilla estaba sentada bajo la pérgola, con una taza de café humeante entre las manos.
Frente a ella, Julio parecía completamente relajado. Hannah los observó durante unos segundos, casi sin poder evitarlo. Ni siquiera recordaba la última vez que había visto a su esposo con una expresión tan tranquila. Estaba sonriendo. De verdad. No era esa sonrisa educada y distante que a veces le mostraba por simple compromiso. No. Aquella sonrisa nacía de lo más profundo de su corazón. Camilla soltó una carcajada y le dio un ligero golpe en el hombro. —De verdad, no has cambiado, Julio. Él negó suavemente con la cabeza, todavía sonriendo. —Tú tampoco. Aquellas tres palabras fueron suficientes para oprimir el corazón de Hannah. En tres años de matrimonio, podía contar con los dedos de una mano las veces que habían compartido un momento de complicidad tan ligero. Con ella, Julio siempre era reservado. Distante. Como si una parte de él permaneciera siempre fuera de su alcance. Hannah apartó la mirada. Ya no quería seguir observando aquella escena. Sin embargo, la voz de Camilla la detuvo. —Richard y Catherine están deseando volver a verme. Tu madre me llamó ayer. Insiste en organizar una cena familiar mañana por la noche. Julio simplemente asintió. —Estarán muy felices de verte otra vez. Un nudo se formó en la garganta de Hannah. Richard y Catherine Iglesias. Sus suegros. En tres años de matrimonio, nunca la habían invitado a una sola cena familiar. Nunca. Siempre se habían negado a reconocer oficialmente a la mujer que, aun así, llevaba el apellido Iglesias. Para ellos, la única mujer digna de formar parte de esa familia siempre había sido Camilla Monteros. —¿Vendrás conmigo? —preguntó Camilla levantando la mirada hacia Julio. —Por supuesto. Respondió sin la menor duda. Como si aquella invitación fuera lo más natural del mundo. Hannah cerró lentamente la cortina. Ya no tenía fuerzas para seguir escuchando. --- La cena fue servida exactamente a las ocho. La enorme mesa del comedor podía recibir a una decena de personas. Sin embargo, aquella noche solo había tres cubiertos colocados. Hannah dejó el último plato sobre la mesa y dio un paso atrás. Como siempre, estaba a punto de retirarse en silencio. Camilla levantó la mirada hacia ella. —¿No vas a cenar con nosotros? Su pregunta parecía sincera. Antes de que Hannah pudiera responder, Julio habló por ella. —Ella ya cenó. Hannah bajó la mirada. Otra vez... Él había decidido por ella. Como siempre. Camilla simplemente asintió. —Ah... ya veo. No pareció encontrar nada extraño en ello. Unos instantes después, probó uno de los platos. Sus ojos se abrieron con sorpresa. —Está delicioso. Miró a Julio con curiosidad. —¿Cambiaste de chef? —No. —Entonces... ¿quién preparó todo esto? Sin levantar la vista de su plato, Julio respondió con calma: —Hannah. Camilla giró inmediatamente la cabeza hacia ella. Una sonrisa de admiración apareció en su rostro. —No sabía que cocinabas tan bien. Hannah le dedicó una pequeña sonrisa. —Gracias. Camilla volvió a mirar a Julio y sonrió. —Tienes mucha suerte. Muy pocas mujeres harían tanto por su marido. Julio continuó comiendo tranquilamente. No respondió nada. Ni una sola palabra. Como si todo aquello fuera completamente normal. Como si las atenciones de Hannah fueran algo que daba por hecho. Como si ella hubiera nacido para cuidar de él sin esperar jamás nada a cambio. Un dolor sordo atravesó el pecho de Hannah. ¿En qué momento había dejado de ser su esposa? Ahora se sentía más como una presencia silenciosa. Una costumbre. Alguien que se encargaba de todo, pero que nunca recibía una mirada de agradecimiento ni siquiera un simple «gracias». En ese instante, el teléfono de Julio vibró sobre la mesa. Él miró rápidamente la pantalla antes de responder. —Padre. El corazón de Hannah se detuvo por un instante. Richard Iglesias. —Sí... ella ya llegó. ... —¿Mañana por la noche? ... Julio levantó la mirada hacia Camilla. —Muy bien. Iremos. Colgó la llamada. Camilla recuperó enseguida su sonrisa. —¿Era Richard? —Sí. Toda la familia estará reunida mañana por la noche. Los ojos de Camilla brillaron de emoción. —Tengo muchas ganas de volver a verlos a todos. Hannah permaneció inmóvil. Nadie le preguntó si ella también iría. Nadie pensó siquiera en invitarla. Como si nunca hubiera pertenecido a aquella familia. Como si su matrimonio no hubiera sido más que una simple firma en un documento. Su mirada bajó lentamente hacia la alianza que llevaba en el dedo desde hacía tres años. Con la punta de los dedos, acarició el anillo. Por primera vez, sintió ganas de quitárselo. No porque hubiera dejado de amar a Julio. Al contrario. Precisamente porque todavía lo amaba, aquel dolor se volvía insoportable. Pero su corazón comenzaba por fin a aceptar una verdad que había rechazado durante demasiado tiempo. Ella era la única que seguía creyendo en aquel matrimonio. La cuenta regresiva continuaba. Día tras día. Y con cada momento que pasaba, sentía cómo su amor se desgastaba bajo el peso de la indiferencia. Una sola pregunta seguía dando vueltas en su mente. ¿Cuánto tiempo puede seguir amando un corazón... cuando nunca recibe amor a cambio? A la mañana siguiente, Hannah abrió los ojos mucho antes del amanecer. La habitación seguía sumida en la penumbra. Permaneció acostada durante unos minutos, inmóvil, con la mirada fija en el techo. Apenas había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, la misma escena volvía a atormentarla. Julio y Camilla, sentados en el jardín, riendo juntos con una complicidad que él ya nunca tenía con ella. Una risa sincera. Ligera. Una risa que jamás compartía con su esposa. Hannah cerró los ojos durante unos segundos antes de dejar escapar un largo suspiro. Comenzaba un nuevo día. Pero su corazón seguía atrapado en el día anterior. --- Cuando bajó a la cocina, el aroma del café recién preparado ya llenaba la estancia. Rosa estaba ocupada preparando el desayuno. Al ver entrar a Hannah, le dedicó una sonrisa llena de cariño. —Buenos días, señora. —Buenos días, Rosa. La ama de llaves la observó con atención. —Tiene muy mala cara. Hannah esbozó una sonrisa que nunca llegó a iluminar sus ojos. —Simplemente pasé una mala noche. Sin añadir nada más, Rosa colocó una taza de café caliente frente a ella. —Debería pensar un poco más en usted. Su voz era suave, casi maternal. —No puede pasar toda su vida viviendo para otra persona... incluso cuando la ama. Hannah bajó la mirada hacia la taza. Aquellas palabras le dolían precisamente porque eran ciertas. Durante tres años, había dejado de vivir para sí misma. Toda su vida giraba alrededor de Julio. Sus comidas. Sus horarios. Sus viajes. Sus costumbres. Conocía cada pequeño detalle de su vida. Pero, con el tiempo, había olvidado por completo qué era lo que ella quería. --- Cerca de las diez de la mañana, unos pasos resonaron en la escalera. Julio apareció impecable, vestido con un traje gris oscuro perfectamente planchado. Unos segundos después, Camilla bajó también. Llevaba un vestido blanco que resaltaba de manera natural su elegancia. Al verlos juntos, Hannah sintió un nudo en el estómago. Parecían tan hechos el uno para el otro que cualquiera habría pensado que eran una pareja. Julio tomó un sorbo de café. —Nos iremos a las seis de la tarde. —Perfecto —respondió Camilla con una sonrisa. Hannah dudó unos instantes antes de atreverse a hablar. —¿Debo preparar algo para la cena en casa de tus padres? Julio levantó por fin la mirada hacia ella. Su rostro permanecía completamente inexpresivo. —No estás invitada. Aquellas cuatro palabras le robaron el aire. Durante un instante, había imaginado algo diferente. Había pensado... quizá de manera ingenua... que después de tres años de matrimonio, por fin la presentaría ante su familia. Pero esa pequeña esperanza desapareció de inmediato. Camilla giró la cabeza hacia Julio, claramente incómoda. —Julio... Él la interrumpió antes de que pudiera terminar. —Mis padres no saben que estamos casados. Su voz era firme, como si simplemente estuviera recordando un hecho evidente. —Y no tengo intención de decírselo hoy. El silencio llenó la cocina. Hannah sintió cómo sus dedos se cerraban alrededor de la taza caliente. El calor le quemaba la piel. Debería haberla soltado. Pero aquella quemadura no era nada comparada con el dolor que desgarraba su corazón. Después de unos segundos, levantó lentamente la cabeza. —Lo entiendo. Su voz sonó sorprendentemente tranquila. Demasiado tranquila. Rosa levantó discretamente la mirada hacia ella. Conocía lo suficiente a Hannah para saber que aquella calma escondía un sufrimiento enorme. Julio simplemente asintió. Como si esa respuesta fuera suficiente. Como si los sentimientos de su esposa nunca hubieran tenido importancia. --- Por la tarde, Hannah regresó a su habitación. Abrió lentamente el vestidor. Los trajes de Julio ocupaban casi todo el espacio. Su propia ropa estaba guardada en un pequeño rincón. Pasó suavemente la punta de los dedos por varios vestidos que seguían colgados en sus perchas. Vestidos que había comprado con ilusión. Había imaginado llevarlos en galas, recepciones o cenas junto a su marido. Pero ninguna de esas ocasiones había llegado para ella. Los vestidos seguían allí. Intactos. Igual que los sueños que había mantenido escondidos en lo más profundo de su corazón. De repente, su teléfono vibró. Al ver el nombre en la pantalla, una verdadera sonrisa iluminó su rostro. Clara Dubro. Su mejor amiga. —¡Hannah! ¡Por fin contestas! La voz de Clara estaba llena de energía. —Te extraño muchísimo. Un nudo se formó en la garganta de Hannah. —Yo también te extraño. —No me digas que sigues encerrada en esa enorme villa. Hannah permaneció en silencio. No necesitaba responder. Su silencio lo decía todo. Al otro lado de la línea, Clara soltó un profundo suspiro. —Hannah, ya basta. Mereces mucho más que esta vida escondida. Eres una Belmonte. Antes de conocer a Julio, eras una mujer brillante. Tenías sueños, una carrera y un futuro prometedor. Podrías empezar de nuevo. Mañana mismo, si quisieras. Aquellas palabras siguieron resonando en su mente. Empezar de nuevo. ¿De verdad era posible? Después de tres años viviendo únicamente para un hombre que ya ni siquiera la veía... Un hombre que se negaba a reconocerla como su esposa delante de su propia familia. Hannah se acercó lentamente a la ventana. A lo lejos, las campanas de una iglesia resonaban por las calles de Madrid. Levantó la mirada hacia el cielo durante unos instantes y luego cerró suavemente los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, una nueva idea comenzó a abrirse paso lentamente en su corazón. Quizás su vida no tenía por qué terminar junto a Julio. Quizás todavía podía reconstruirse. Y ese pensamiento, por pequeño y frágil que fuera, encendió nuevamente una diminuta luz de esperanza en lo más profundo de su ser.






