capítilo 1

Una fina lluvia caía sobre Madrid, dejando largas estelas de agua sobre las ventanillas del sedán negro que avanzaba lentamente entre el tráfico.

Sentada en el asiento trasero, Hannah Belmonte contemplaba las calles desfilar sin verlas realmente. Conocía aquel recorrido de memoria. Desde hacía tres años, siempre era el mismo. Cada mañana la llevaba de regreso a la residencia privada de la familia Iglesias.

Una mansión inmensa.

Refinada.

Imponente.

Desde el exterior parecía un palacio sacado de un cuento de hadas. Sin embargo, Hannah nunca había logrado sentir que aquel lugar fuera su hogar. Las habitaciones eran lujosas, los jardines estaban impecablemente cuidados y el servicio no dejaba nada al azar. Aun así, lo que más llenaba aquella casa no eran las personas... sino el silencio.

Bajó la mirada hacia su teléfono.

La pantalla estaba vacía.

Ningún mensaje.

Ninguna llamada.

Julio había viajado a Londres cuatro días antes por un asunto de trabajo. En esos cuatro días no había encontrado ni un minuto para escribirle. Ni siquiera unos segundos para preguntarle cómo estaba.

Antes, Hannah siempre encontraba una excusa para él.

Está trabajando.

Debe de estar muy ocupado.

Me llamará cuando tenga un momento...

Ahora, esos pensamientos ya ni siquiera aparecían.

Quizá porque había dejado de creer en ellos.

Sin darse cuenta, deslizó el pulgar sobre la alianza que llevaba en el dedo.

Un sencillo anillo de oro.

La única prueba de un matrimonio que nadie conocía.

En los documentos oficiales era la señora Iglesias.

Pero en la vida real...

A veces sentía que no era nadie.

Para el mundo, Julio Iglesias seguía siendo uno de los solteros más codiciados de España. Como brillante director ejecutivo del Grupo Iglesias, aparecía con frecuencia en las portadas de revistas de negocios y de la prensa del corazón. Lo fotografiaban inaugurando grandes proyectos, firmando importantes contratos o asistiendo a exclusivos eventos de la alta sociedad.

A veces aparecía del brazo de una celebridad.

Otras, acompañado por una rica heredera.

A los periodistas les encantaba inventarle nuevos romances.

Pero nunca habían publicado una sola fotografía junto a su verdadera esposa.

Jamás habían escrito su nombre al lado del de él.

Porque Julio así lo había decidido.

—Todavía no es el momento de hacer público nuestro matrimonio.

Hannah recordaba perfectamente aquellas palabras.

En aquel entonces había sonreído llena de ilusión. Estaba convencida de que aquel secreto solo duraría unos meses.

Pero los meses se transformaron en años.

Y ella siguió esperando.

Porque lo amaba.

Porque confiaba en él.

Porque seguía creyendo que algún día él tomaría su mano delante de todos, sin temor a las miradas ni a los rumores.

El coche redujo la velocidad hasta detenerse frente a las grandes rejas de la villa.

El conductor apagó el motor y giró ligeramente la cabeza.

—Hemos llegado, señora Hannah.

Ella le dedicó una sonrisa sincera.

—Gracias, Carlos.

Al bajar del coche, una brisa fresca acarició su rostro. La lluvia había cesado, pero el aire todavía conservaba ese olor húmedo que queda después de una tormenta.

Apenas cruzó la puerta principal, los empleados de la casa la saludaron con respeto.

—Buenos días, señora.

Como siempre, Hannah respondió a cada uno con una sonrisa amable.

Sin embargo, aquella sensación nunca desaparecía.

Vivía bajo ese techo.

Llevaba el apellido de aquella familia.

Pero, en el fondo, seguía sintiéndose como una invitada... nunca como la verdadera dueña de la casa.

Cuando estaba a punto de subir el primer escalón, la ama de llaves la llamó.

—Señora... el señor Iglesias llamó hace un rato.

Hannah se quedó inmóvil.

Sintió que el corazón se le encogía antes de empezar a latir con fuerza.

Después de tres años, una simple llamada de Julio seguía siendo capaz de despertar aquella pequeña esperanza que creía apagada para siempre.

Se volvió hacia Rosa.

—¿Él... dejó algún mensaje para mí?

Rosa vaciló unos segundos.

Su expresión lo decía todo incluso antes de hablar.

—No, señora. Solo me pidió que preparara su habitación. Regresará mañana por la noche.

La leve sonrisa que había iluminado el rostro de Hannah desapareció al instante.

Claro...

¿Por qué había esperado algo diferente?

Ni un «¿Cómo está ella?».

Ni un «Pásamela».

Ni siquiera un simple «Dile que regreso mañana».

Solo instrucciones.

Como si ella no existiera.

Bajó discretamente la mirada para ocultar el nudo que le apretaba la garganta.

—Entiendo...

Rosa la observó con una tristeza silenciosa.

Desde el primer día había visto a Hannah luchar por aquel matrimonio. Conocía su secreto. Había sido testigo de cada sacrificio y de cada decepción que la joven soportaba en silencio, sin una sola queja.

—Señora Hannah...

—No se preocupe, Rosa.

Hannah le regaló la misma sonrisa que mostraba cada vez que su corazón se rompía un poco más.

—Estoy bien.

La mentira salió de sus labios con una facilidad que incluso a ella misma le dio miedo.

Luego se dirigió hacia la cocina.

—Voy a preparar la cena.

En ese momento, el teléfono vibró entre sus manos.

Hannah bajó la mirada sin demasiado interés. Seguramente sería un mensaje publicitario, pensó.

Pero en cuanto leyó el título de la notificación, sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Era una alerta de una revista del corazón.

« Julio Iglesias visto en Londres junto a Camilla Monteros: ¿los antiguos enamorados han vuelto a estar juntos? »

Durante unos segundos, Hannah permaneció completamente inmóvil.

Su pulgar quedó suspendido sobre la pantalla.

Finalmente, sin poder evitarlo, abrió la noticia.

La fotografía apareció de inmediato.

Julio.

Su esposo.

Estaba de pie junto a Camilla.

Acababan de salir de un hotel de lujo. Camilla reía con naturalidad mientras lo miraba. Julio la observaba con aquella leve sonrisa que Hannah conocía tan bien... Una sonrisa discreta y sincera, reservada para las pocas personas capaces de derribar los muros que él había levantado alrededor de su corazón.

Un dolor familiar comenzó a oprimirle lentamente el pecho.

Camilla Monteros...

Era imposible no conocer ese nombre.

Había sido el primer amor de Julio.

La mujer con la que toda la familia Iglesias siempre había soñado verlo casado.

Hermosa.

Elegante.

Perteneciente a una familia tan poderosa como la de él.

Cada vez que Hannah la comparaba consigo misma, sentía que desaparecía.

Como si su presencia no tuviera ningún valor.

Bloqueó la pantalla del teléfono con un movimiento brusco.

No.

No iba a seguir mirando aquella fotografía ni un segundo más.

Los ojos empezaban a arderle.

Las lágrimas amenazaban con desbordarse.

Respiró hondo.

Ahora no...

No delante de los empleados.

Ya había llorado demasiado por un hombre que parecía incapaz de darse cuenta de su tristeza.

Durante tres largos años se había hecho siempre las mismas preguntas.

¿Qué me falta?

¿Por qué Julio no puede amarme?

¿Por qué nunca soy suficiente?

Pero aquella vez una idea diferente apareció lentamente en su mente.

¿Y si el problema nunca había sido ella?

¿Y si llevaba años equivocada?

Tal vez la verdadera pregunta no era cómo conseguir que él la amara...

Sino cuánto tiempo más estaba dispuesta a seguir viviendo en las sombras, como una esposa cuya existencia debía permanecer en secreto.

---

A la mañana siguiente, Hannah abrió los ojos antes incluso de que sonara el despertador.

La villa seguía dormida.

Todo estaba en silencio.

Permaneció unos minutos acostada, mirando fijamente el techo.

Ese día Julio regresaba.

Años atrás, solo pensarlo habría bastado para llenar de alegría su corazón. Habría escogido su vestido favorito, preparado el café que más le gustaba y esperado su regreso con la ilusión de una mujer profundamente enamorada.

Pero ese día...

Su corazón ya no reaccionaba de la misma manera.

Aun así, las costumbres eran difíciles de abandonar.

Se puso ropa sencilla, recogió cuidadosamente su cabello y bajó a la cocina.

Muy pronto, el aroma del café recién hecho invadió toda la estancia.

Colocó dos tazas sobre la mesa.

Preparó las tostadas.

Cortó las frutas que más le gustaban a Julio.

Y revisó varias veces que no faltara nada.

Ya no lo hacía con ilusión.

Era simplemente una rutina de la que todavía no conseguía desprenderse.

Cuando terminó, fue a sentarse unos minutos al salón.

El silencio parecía interminable.

Pasó una hora.

Después otra.

De pronto, el ruido de un motor rompió la tranquilidad de la villa.

Sintió un nudo en el estómago.

Había vuelto.

Respiró profundamente antes de ponerse de pie.

Unos segundos después, la puerta principal se abrió.

Los pasos de Julio resonaron en el recibidor.

Sin darse cuenta, Hannah esbozó una pequeña sonrisa.

Pero desapareció casi al instante.

Julio no venía solo.

Una mujer entró detrás de él.

Alta.

Elegante.

Llevaba un impecable abrigo beige que realzaba su figura. Su largo cabello castaño enmarcaba un rostro hermoso, donde se reflejaba una seguridad casi natural.

Como si aquella casa también le perteneciera.

Camilla Monteros.

El tiempo pareció detenerse.

Hannah permaneció inmóvil.

Las fotografías que había visto el día anterior regresaron de inmediato a su memoria.

Solo que esta vez no era una imagen en una pantalla.

Camilla estaba allí.

Dentro de aquella casa.

Bajo el mismo techo que ella.

Julio dejó tranquilamente la maleta junto a la escalera, como si toda aquella situación fuera de lo más normal.

Solo entonces levantó la mirada hacia Hannah.

Su rostro no reflejaba la menor emoción.

—Hannah.

Hizo una breve pausa antes de añadir con total naturalidad:

—Camilla se quedará aquí una temporada.

Nada más.

Ninguna explicación.

Ninguna disculpa.

Ni siquiera le preguntó qué opinaba.

La decisión ya estaba tomada.

Como siempre.

Hannah sintió que un nudo le cerraba la garganta.

Sus dedos se aferraron lentamente al respaldo de una silla para no perder el equilibrio.

Por un instante, tuvo la sensación de que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Camilla dio entonces un paso al frente.

Una sonrisa amable iluminaba su rostro.

—Gracias por recibirme en tu casa.

Su voz era suave, casi cálida.

Para cualquiera, aquellas palabras habrían sonado educadas y amables.

Pero para Hannah, cada una de ellas fue como una puñalada en el corazón.

¿En tu casa...?

Esas palabras resonaron dolorosamente en su mente.

Aquella casa nunca había sido realmente suya.

Llevaba tres años viviendo allí.

Llevaba el apellido del dueño.

Y, aun así, siempre se había sentido una extraña entre aquellas paredes.

Ahora otra mujer cruzaba aquella puerta con una naturalidad que le hizo sentir que era ella quien sobraba.

Como si su lugar pudiera desaparecer de un día para otro.

Julio volvió a tomar la maleta sin darse cuenta de que el rostro de su esposa había perdido todo el color.

—Rosa, prepara una habitación para Camilla.

—Sí, señor —respondió de inmediato el ama de llaves.

Antes de marcharse, Rosa lanzó una mirada llena de preocupación hacia Hannah.

Sus ojos parecían suplicarle:

Di algo...

Detén esto...

No te quedes callada...

Pero Hannah no dijo una sola palabra.

¿Para qué?

Durante tres años, todas las decisiones importantes se habían tomado sin contar con ella.

¿Por qué aquella iba a ser diferente?

Observó cómo Julio subía las escaleras junto a Camilla.

Conversaban en voz baja.

De pronto, Camilla soltó una pequeña carcajada.

Julio giró ligeramente la cabeza hacia ella.

Y sonrió.

Una sonrisa discreta.

Sincera.

La misma sonrisa que Hannah llevaba tanto tiempo esperando.

Sintió que su corazón volvía a romperse.

Y, sin embargo...

Aquella vez el dolor era diferente.

El día anterior todavía habría buscado una excusa.

Se habría convencido de que todo era un malentendido.

De que Camilla solo estaba allí por motivos de trabajo.

De que Julio acabaría explicándole la verdad.

Pero esta vez...

Ya no le quedaban fuerzas para seguir engañándose.

Por fin veía con claridad aquello que llevaba años negándose a aceptar.

Podía seguir amándolo.

Seguir esperando.

Seguir viviendo en las sombras, aferrada a la esperanza de que algún día un hombre incapaz de hacerle un lugar en su corazón cambiara.

O...

Podía empezar, por fin, a elegirse a sí misma.

Por primera vez en mucho tiempo, esa idea dejó de darle miedo.

Al contrario.

Una extraña calma comenzó a llenar poco a poco su corazón.

Como si una pesada cadena acabara de romperse.

Levantó lentamente la vista hacia el piso superior, por donde Julio acababa de desaparecer.

Después bajó la mirada hacia su mano izquierda.

Su alianza seguía brillando bajo la luz del recibidor.

La contempló durante unos segundos.

Tres años de amor.

Tres años de espera.

Tres años de soledad.

Con un movimiento lento, casi tembloroso, se quitó el anillo.

El metal aún conservaba el calor de su piel.

Lo apretó con fuerza dentro de la palma de su mano, hasta sentir cómo el borde se clavaba ligeramente en su carne.

Aquel dolor...

Al menos era real.

Respiró profundamente, se secó discretamente las lágrimas que amenazaban con caer y enderezó los hombros.

La cuenta regresiva acababa de comenzar.

Y esta vez...

Estaba segura de que su vida iba a cambiar.

Aunque eso significara renunciar al hombre que había amado más que a nada en el mundo.

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