Demasiado tarde para amarme Señor CEO
Demasiado tarde para amarme Señor CEO
Por: La clé du succès
prólogo

El amor debía haber sido un refugio.

Para Hannah Belmonte, se había convertido en una jaula de la que ya no encontraba la llave.

De pie frente a los enormes ventanales de su ático, contemplaba las luces de Madrid reflejándose sobre las calles brillantes por la lluvia. Tres años atrás había cruzado aquella puerta con el corazón rebosante de esperanza. Estaba convencida de haber encontrado al hombre con quien envejecería.

Hoy, aquel sueño no era más que un recuerdo.

El suave roce de unos papeles rompió el silencio a su espalda.

—Fírmalos.

La voz de Julio Iglesias era baja y serena. No había ni una pizca de ira. Tampoco de arrepentimiento. Solo una frialdad que le heló la sangre.

Hannah cerró los ojos durante un segundo antes de darse la vuelta.

Sobre el amplio escritorio de nogal descansaba una carpeta perfectamente cerrada. A su lado, un bolígrafo negro y una alianza de oro estaban colocados con una precisión casi cruel.

Su alianza.

La misma que había llevado durante tres años... un anillo que jamás le permitieron mostrar en público.

Su mirada descendió lentamente hasta el documento.

La primera palabra la golpeó de lleno.

Divorcio.

La respiración se le cortó.

Tres años.

Tres años llevando el apellido Iglesias.

Tres años siendo su esposa... sin existir jamás ante los ojos del mundo.

Para la prensa, el joven presidente del Grupo Iglesias seguía siendo el soltero más codiciado de España. Desde hacía semanas, todos los periódicos hablaban de Camilla Monteros, su primer amor, quien había regresado de Estados Unidos tras una larga ausencia.

Los fotógrafos los seguían a todas partes.

Los rumores de boda no dejaban de crecer.

Y nadie sabía que otra mujer lo esperaba cada noche en aquella casa.

Nadie conocía todos los sacrificios que ella había hecho.

Había abandonado su profesión.

Había dejado de lado sus propios sueños.

Había soportado cumpleaños olvidados, cenas canceladas a última hora y largas noches de soledad mirando su teléfono, esperando un mensaje que nunca llegaba.

Lo había soportado todo.

Porque lo amaba.

Porque había creído que algún día él le tendería la mano y diría delante de todo el mundo:

—Ella es mi esposa.

Pero ese día nunca llegó.

Julio cruzó lentamente los brazos.

Su rostro permanecía completamente impasible.

—Camilla ha vuelto. Es hora de poner fin a este error.

Aquellas palabras le atravesaron el corazón.

¿Un error...?

¿Eso era todo lo que significaban para él sus tres años de matrimonio?

Hannah bajó la vista hacia su alianza.

Sus dedos temblaron ligeramente mientras se la quitaba.

Durante unos segundos la contempló sobre la palma de su mano.

¿Cuántas veces había acariciado aquel anillo, convencida de que algún día tendría un verdadero hogar?

Una sonrisa triste rozó sus labios.

Después dejó la alianza con cuidado sobre la carpeta.

El suave tintineo del metal contra la madera pareció resonar por todo el despacho.

Una lágrima descendió lentamente por su mejilla.

La dejó caer.

Ya no quería seguir luchando.

Sería la última que derramaría por él.

Tomó el bolígrafo.

Curiosamente, su mano había dejado de temblar.

En el fondo de su corazón, todo había terminado.

Sin vacilar, firmó los documentos.

Cuando levantó la cabeza, había algo diferente en su mirada.

La mujer que había vivido escondida durante tres años acababa de desaparecer.

En su lugar estaba una mujer profundamente herida... pero decidida a no volver a perseguir un amor que ya no la quería.

—Tendrás el divorcio que deseas, Julio.

Su voz era suave.

Serena.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

No era la sonrisa de una mujer feliz.

Era la sonrisa de alguien que, por fin, había aceptado una verdad que llevaba demasiado tiempo negándose a ver.

Se acercó hasta quedar a solo unos pasos de él.

Sus miradas se encontraron.

—Pero recuerda bien esto...

Su voz siguió siendo sorprendentemente tranquila.

—El día que comprendas que dejaste marchar a la única mujer que te amó sin esperar nada a cambio... ya será demasiado tarde.

El silencio cayó entre los dos.

Julio no respondió.

Su expresión permaneció fría, como si aquellas palabras resbalaran sobre él sin dejar la menor huella.

Hannah sintió que el corazón se le encogía por última vez.

Luego apartó la mirada.

Esta vez, no volvería a mirar atrás.

Abrió la puerta y salió del despacho con pasos lentos, pero firmes.

La puerta se cerró con fuerza detrás de ella.

El eco resonó durante largos segundos por toda la habitación.

Julio permaneció solo.

Inmóvil.

Los papeles del divorcio seguían frente a él.

En ese momento, estaba convencido de que solo estaba poniendo punto final a un matrimonio que nunca había tenido verdadera importancia.

Todavía no podía imaginar que, al dejar que Hannah cruzara aquella puerta, acababa de perder a la única mujer que lo había amado de verdad.

Y que, algún día, aquella decisión se convertiría en el mayor arrepentimiento de toda su vida.

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