—Vamos, Anna, volvamos a casa —dijo Matilda cuando Anna se acercó a ella.
—¿Y tu vestido, mamá? —preguntó Anna, recordando que solo ella había elegido el suyo.
—Ya está arreglado. Lo enviarán junto con el tuyo más tarde —respondió Matilda, enlazando su brazo con el de Anna mientras salían de la boutique.
Anna soltó un suspiro silencioso, aliviada. Agradecía que Matilda hubiera decidido marcharse de inmediato; le aterraba la idea de que pudiera cruzarse con Amelie y descubrir, aunque fuera por a